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Anthony Mann - 1961 - 'El Cid'Puesto que Rodrigo Díaz de Vivar es un personaje muy cercano (en España lo conocemos desde la infancia), estamos en posición de captar en toda su magnitud lo que Hollywood hace con los mitos históricos. “El Cid” es parcial, poco fiel a la realidad y plagada de inexactitudes históricas (y anacronismos varios); pero lo cierto es que en una producción de Samuel Bronston (“Rey de Reyes”, 1961, o “55 días en Pekín”, ambas de Nicholas Ray) eso es lo de menos. El especialista en westerns psicológicos (por entonces marido de Sara Montiel) Anthony Mann fue el encargado de dirigir este lujoso, épico y elegante retrato impregnado por cierto espíritu del cine del oeste en el que Charlton Heston volvía a lucirse tras superproducciones como “Los diez mandamientos” (Cecil B. DeMille, 1956) o “Ben-Hur” (William Wyler, 1959), encarnado a un héroe intachable convertido en leyenda.

El film nos relata las gracias y penurias de Rodrigo Díaz de Vivar (Charlton Heston), que tras sus exitosas campañas contra los musulmanes es acusado injustamente de traición. La desgracia lo golpea cuando, en un duelo por su honor, mata al padre de su amada, Doña Jimena (Sophia Loren, con la que Mann y Bronston volverían a contar en “La caída del imperio romano”, 1964); esta decide entonces encerrarse en un convento.

Rodada en España y con un reparto internacional (el italiano Raf Vallone, la francesa Geneviève Page, el austro-húngaro Herbert Lom o el inglés Gary Raymond), “El Cid” tiene todos los elementos necesarios para ser uno de los hitos de las grandes superproducciones hollywoodienses: una colosal banda sonora de Miklós Rózsa; la fotografía del gran Robert Krasker, que deja los claroscuros de “Larga es la noche” o “El tercer hombre” (por la que logró el Oscar) para sumergirse en este deslumbrante espectáculo a plena luz del día; un soberbio trabajo de ambientación; y sobre todo ese tono de exaltación del heroísmo con el que pueden empatizar los más rancios conservadores y los más heréticos defensores de la autodeterminación de los pueblos. Cine de época de primera, más allá del realismo, la veracidad o los ideales, puro cine espectáculo.

 

– Para amantes de las superproducciones de antaño.

– Imprescindible para los coleccionistas de anacronismos cinematográficos.

 

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