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Jean-Pierre Jeunet - 2004 - 'Largo domingo de noviazgo'Aunque un tanto eclipsada por el tremendo éxito del film anterior de Jean-Pierre Jeunet, el tercer largo en solitario del realizador francés corroboró su particular universo estético y conceptual en el que se nos cuentan historias adultas con un virtuosismo plástico que nos traslada a una suerte de mundo onírico (de un realismo idealizado) y un ritmo trepidante que hace que tres horas de metraje pasen en un suspiro. Jeunet abandona la parábola apocalíptica (“Delicatessen”, 1991), el cuento de hadas ciberpunk (“La ciudad de los niños perdidos”, 1995) y la fábula moral (“Amelie”, 2001) para adentrarse en esta especie de relato de investigación, misterio y crimen con trasfondo de cine bélico y romántico en el que la compleja trama se va formando a base de retazos, pistas y descubrimientos varios.

En los años 20, Mathilde (Audrey Tautou), es una joven francesa que se niega a aceptar que su novio Manech (Gaspar Ulliel) ha muerto durante la 1ª Guerra Mundial. Mathilde decide averiguar por su cuenta el paradero de Manech entrevistándose con supervivientes que estuvieron en las trincheras con el joven soldado. Así descubrirá la historia de la trinchera Bingo Crepúsculo y de cinco soldados que fueron condenados a ‘tierra de nadie’, entre los frentes francés y alemán.

Hay dos entornos muy diferenciados en “Largo domingo de noviazgo” (ambos fotografiados excelentemente por Bruno Delbonnel): por un lado esa campiña francesa envuelta en cálidos tonos pastel en la que se desarrolla la historia de amor y se insertan los diversos flashbacks; y pòr otro lado están las grisáceas y húmedas trincheras, con su crítica a la burocracia y la moral militar, utilizando la imaginería bélica en torno a la cruenta guerra de trincheras de la 1ª G.M. (con la influencia visual de Jacques Tardi) para confeccionar una serie de conceptos entre la magia, la leyenda y el mito. El excelente reparto de secundarios (Dominique Pinon, André Dussollier, Jodie Foster, Marion Cotillard o Denis Lavant) y la sensible partitura de Angelo Badalamenti también ayudan a catalogar el film como un clásico moderno.

 

– Para los que creen que el amor es una interminable investigación del paradero del otro.

– Imprescindible para los que siguen empeñados en que el cine francés es aburrido.

 

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