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Norman Jewison - 1973 - 'Jesucristo Superstar'Los paralelismos evidentes entre la bondad incondicional y el buen rollo suicida de Jesucristo y las características de la ‘generación de las flores’ (con sus desvaríos místicos y su confianza en la bondad de la gente) se materializaron en la polémica ópera rock de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice “Jesucristo Superstar”. Tres años después del estreno teatral, el siempre sólido y heterogéneo Norman Jewison (“En el calor de la noche”, 1967, “Rollerball”, 1975, o “Hechizo de luna”, 1987) llevó al cine esta historia de amistad, traición, sacrificio y corrupción política. Aunque el film no logró el éxito de la obra original, su permanencia como un icono popular de la ‘cultura hippie’ demuestra que aquellas estupendas canciones (algunas de ellas rozaban el Heavy Metal) y su original puesta en escena fueron razón suficiente para considerarla una pieza fundamental del cine musical moderno.

Tras llegar en un autobús a un lugar inóspito del desierto, los actores de la película se ponen a prepararse; entre ellos Jesucristo (Ted Neely). De una forma episódica vamos presenciando distintos momentos de la vida adulta de Jesús, mientras Judas (Carl Anderson) pone en duda la utilidad de la actitud del ‘hijo de dios’.

Jewison se trasladó a Israel para rodar con un estilo minimalista y un tanto metalingüístico entre la danza contemporánea y “El evangelio según San Mateo” (Piel Paolo Pasolini, 1964) esta integradora reflexión moral sobre el poder (y la debilidad) del pueblo con respecto a los dirigentes. “Jesucristo Superstar” (segundo musical de Jewison trasEl violinista en el tejado”, 1971) no se limita a convertir a los discípulos en hippies (lo que alteró a los sectores más religiosos) y comparar la contracultura de la década anterior con la ‘revolución cristiana’, sino que recorre los áridos parajes que sirven de escenario con objetivo más amplio; el espectáculo de canciones y coreografías sirve para conformar una irónica y trágica parábola sobre la política, tan lírica como compleja.

 

– Para coleccionistas de los mejores musicales de la historia.

– Imprescindible para los que piensen que entre la blasfemia y el respeto solo hay un paso.

 

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