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Joel Schumacher - 1993 - 'Un día de furia'El protagonista de “Un día de furia” dice basta a la alienación y la cosificación de los individuos en las sociedades modernas de una forma un tanto violenta y definitiva en esta fábula urbana inquietante, desoladora y muy entretenida. La mejor película del irregular Joel Schumacher (sus primera películas se contaban por films de culto hasta su llegada a la franquicia de Batman: “St. Elmo, punto de encuentro”, 1985; “Jóvenes Ocultos”, 1987; o “Linea Mortal”, 1990) es este film que ha mejorado con el tiempo y que hace de la frustación por adherirse a estructuras no naturales su leit-motiv explícito. El humor negro inunda esta obra satírica repleta de ironía y sarcasmo hacia la sociedad y sus cuadriculadas costumbres, la pobreza, los medios de comunicación, las intituciones de justicia, la economía o la sociedad de consumo.

Bill Foster (Michael Douglas) es un divorciado que quiere visitar a su hija el día de su cumpleaños, aunque su ex-mujer se niega a ello. De camino a la su antigua casa, queda atrapado en un atasco, lo que comienza a ponerlo cada vez más nervioso; al final decide abandonar el coche en medio de la carretera y seguir andando. Un altercado con un tendero coreano pondrá al agente Prendergast (Robert Duvall), a punto de jubilarse, tras la pista de Bill.

Aunque hubo quien tachó a la película de reaccionaria, al confeccionar un retrato de un ‘tipo blanco cabreado’ en lucha contra toda clase de minorías y razas, lo cierto es que “Un día de furia” es una implacable mirada a como la sociedad, con sus reglas destinadas a cuadricular y adormecer, crea individuos inestables y descontentos en la que la ideología y los comportamientos son lo que importa (las miserias, los odios, la intolerancia, la hipocresía o la codicia de la gente). Una tragedia moderna (que se puede ver como una especie de “Taxi Driver”, 1975, de Martin Scorsese, en versión ‘mainstream’), desde el un tanto sesgado punto de vista de la clase media, que se beneficia de un buen reparto de secundarios (Barbara Hershey, Tuesday Weld o Frederic Forrest) y una luminosa fotografía de Andrzej Bartkowiak que contrasta con la oscuridad de su argumento.

 

– Para todos los que están cabreados con el maldito mundo que les ha tocado vivir.

– Imprescindible para los buscadores de obras de culto de los 90.

 

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