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Paul Verhoeven - 1985 - 'Los señores del acero'Antes de dar el salto a EE.UU., y siendo ya el director más importante de la cinematografía holandesa a nivel internacional (gracias a “Delicias turcas”, 1973, “Eric, oficial de la reina”, 1977, o “El cuarto hombre”, 1983), Paul Verhoeven se trasladó a Cuenca, Extremadura y Ávila para rodar esta coproducción entre Holanda, EE.UU. y España que mostraba el gusto del director de “Robocop” (1987) por los antihéroes y la ambiguedad moral. Sobre el esquema de un escabroso film de aventuras medievales, Verhoeven despliega sus habituales modales generosos en sexo, violencia y malas intenciones creando una historia mugrienta, decadente y provocadora que nos habla sobre el final de una época oscura en la historia de la humanidad en la que la religión, la muerte, la opresión y la guerra propiciaban la supervivencia del más fuerte.

En 1501, un grupo de mercenarios dirigidos por el capitán Hawkwood (Jack Thompson) comienzan a saquear una ciudad tras la victoria que ha supuesto que el aristócrata Arnolfini (Fernando Hilbeck) vuelva a gobernar sobre ella. Enterrando a su hijo neonato, el soldado Martín (Rutger Hauer) encuentra una figura de San Martín de Tour, lo que considera una señal divina. Martín dirigirá a un grupo de renegados en el secuestro de la prometida del hijo de Arnolfini (una Jennifer Jason Leigh tan ingenua como erótica) y el asalto a un castillo.

Cine de aventuras agresivo y pasado de vueltas, excesivo en su planteamiento estético (que hace del realismo caricaturesco un instrumento para intensificar la violencia y el fatalismo) y tremendamente ácido en su representación de los distintos estamentos sociales que conformaban la Alta Edad Media. Verhoeven consigue crear una atmósfera brusca e implacable entre el salvajismo impredecible, la predestinación mística y la claustrofobia vírica, ayudándose de la magestuosa banda sonora de Basil Poledouris (popular por sus composiciones en los films de Conan), la grasienta fotografía de Jan de Bont (que se pasaría a la dirección con “Speed”, 1994, o “Twister”, 1996) y un reparto cuanto menos curioso.

 

– Para espectadores con estómago y espíritu ochentero.

– Imprescindible para asomarse a la siempre indecorosa filmografía de Paul Verhoeven.

 

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