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Sergio Corbucci - 1968 - 'El gran silencio'Antes de dirigir a las grandes estrellas del cine italiano Bud Spencer y Terence Hill en films como “Par-Impar” (1978) o “Quien tiene un amigo tiene un tesoro” (1981), el director romano Sergio Corbucci se había forjado una vertiginosa carrera con medio centenar de films que explotaban sin prejuicios los géneros hollywoodienses: el peplum (“El hijo de Espartaco”, 1962), el terror (“Danza macabra”, 1964) y sobre todo el western; con obras tan icónicas como “Django” (1966), “Los compañeros” (1970) o este “El gran silencio”, atípica, violenta y grave obra maestra del spaghetti western. Siguiendo la estela del gran Sergio Leone, Corbucci teje una entretenida trama compuesta de clichés del cine del oeste americano (el pistolero solitario, los cazarrecompensas, la venganza, la viuda de armas tomar, …) para desplegar sobre el todo su poderío visual (cambiando los polvorientos desiertos por montañas nevadas) y un agresivo lirismo que tiene en la nieve teñida de rojo su piedra angular.

El duro invierno de 1898, obliga a los pobres del pequeño pueblo de Snowhill, en Utah, a robar para sobrevivir. Trachados de forajidos, resultan un blanco fácil para cazarrecompensas sin escrúpulos. Cuando el marido de Pauline (Vonetta McGee) es asesinado, esta contrata a Silencio (Jean-Louis Trintignant), un mercenario mudo que tiene algo personal contra los cazarrecompensas.

Rodada en los Alpes italianos, “El gran silencio” supone casi un ejercicio de abstracción de género (sacando el argumento de los paisajes habituales, poniendo a sus protagonistas nombres como Silencio o Loco y con esa memorable parquedad de diálogos) del que podemos extraer como esquema primigenio el duelo entre dos personalidades propias del western: el misterioso justiciero, oscuro pero atado a un código moral, que se pone de lado de los desvalidos; y el cruel y psicopático cazarrecompensas, amoral e impredecible, interpretado por un impagable Klaus Kinski. Un western pesimista con cierto trasfondo social (algo también habitual en el spaghetti) que cuenta además con una estupenda banda sonora de Ennio Morricone (imprescindible del género) y un final tan desolador como inolvidable.

 

– Para asomarse al mejor spaghetti western sin acudir a Sergio Leone.

– Imprescindible para estudiosos del posmodernismo cinematográfico.

 

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