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Darren Aronofsky - 2008 - 'El luchador'El director neoyorquino Darren Aronofsky (“Pi, fe en el caos”, 1998, o “Cisne negro”, 2010) recuperó el prestigio que se había ganado con la perturbadora “Réquiem por un sueño” (2000) gracias a este desolador drama ambientado en el mundo de la lucha libre profesional que recupera para el público posmoderno los viejos dramas pugilísticos de los años 30 (como “El campeón”, 1931, de King Vidor). Así, el film se construye con una serie de estándares y tópicos (tanto los personajes como las situaciones las hemos visto decenas de veces) que encajan perfectamente bajo los focos y el espectáculo del ‘wrestling americano’; y que en vez de rebajar la calidad del film hacen que el foco de atención vaya a unos retratos psicológicos excepcionales, dramáticos, humanos, universales y casi mitológicos. Sórdida historia de perdedores al límite, de náufragos del sueño americano y de la sociedad moderna, que profundiza en las relaciones paternofiliares y en el sentido de la vida por medio de conceptos como sacrificio o redención.

Randy ‘The Ram’ Thompson (Mickey Rourke) es una vieja gloria de la lucha libre que se gana la vida luchando en combates de segunda. Pero un problema cardiaco, cuando se iba a celebrar la conmemoración de los 20 años de su combate más famoso, hace que se plantee toda su vida e intente mejorar la relación con su hija (Evan Rachel Wood).

Aronofsky deja atrás (hasta cierto punto, eso si) los experimentos formales y filosóficos de sus films anteriores (la complejidad de “La fuente de la vida”, 2006, hizo zozobrar su carrera) y se embarca en una película de estructura sencilla pero contenido profundo y sensible, en la que todo gira en torno a los personajes: Mickey Rourke, como ya hizo en “Sin City” (Robert Rodríguez, 2006), sabe sacar partido a un personaje perfecto para su físico casi monstruoso, de rostro demacrado y proporciones rocambolescas; y Marisa Tomei borda su difícil papel con valor y emoción. La adecuada canción de Bruce Springsteen, la oscura banda sonora de Clint Mansell y el simbólico juego visual entre el negro y el dorado de la directora de fotografía Maryse Alberti redondean un film tan lúgubre como brillante.

 

– Para amantes de las historias de personajes.

– Imprescindible para coleccionistas de historias de perdedores en decadencia.

 

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