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038 - Douglas Trumbull - 1971 - 'Naves Misteriosas'Artífice de los efectos especiales de obras maestras del género como “2001: una odisea del espacio” (Stanley Kubrick, 1968), “Encuentros en la tercera fase” (Steven Spielberg, 1977) o “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982), Douglas Trumbull (“Proyecto Brainstorm”, 1983) debutó como director y productor con este film de ciencia-ficción con mensaje ecologista que funciona como crítica social y que 40 años después sigue despertando pasiones y odios por igual. En una época en la que la sociedad comenzaba a tomar conciencia de su poder para modificar la Naturaleza y empezaba a hablarse de responsabilidad, sostenibilidad y conservación, Trumbull llenó su film de conceptos filosóficos y morales que añadidos al ritmo pausado del film espantó a los que iban buscando robots asesinos, alienígenes monstruosos o platillos volantes; pero encantó a los que supieron ver más allá de su género.

Freeman Lowell (Bruce Dern) es un científico que vive en Valley Forge, una nave que gravita en la órbita de Saturno. En ella (y en dos más), en unos gigantescos invernaderos, están depositadas las últimas muestras de la fauna terrestre que se conservan tras haberse extinto en la Tierra, para poder repoblarla en un futuro. Un día Lowell recibe la orden de destruirlas todas, pero no está de acuerdo con la decisión de sus superiores.

La destacable interpretación de Bruce Dern (más de 30 años después, nominado al Oscar por “Nebraska” de Alexander Payne) se une al efectivo (aunque algo lento en ciertos tramos) guión de Deric Washburn, Michael Cimino (que años después triunfaría en los Oscars con “El Cazador”, 1978) y Steven Bochco (el cual produjo en los 80 series como “Canción triste de Hill Street” o “La ley de Los Angeles”); a un genial diseño de producción en el que podemos encontrar robots que parecen haber influido en George Lucas, ingeniosos gadgets, buenos efectos especiales (lo que era de esperar) y un poético entorno selvático flotando en medio del espacio; a una envolvente banda sonora de Peter Schickele; y a una sórdida, y a veces casi onírica, fotografía de Charles F. Wheeler.

 

– Para amantes de la ciencia-ficción con mensaje.

– Imprescindible para ecologistas apocalípticos.

 

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