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Danny Boyle - 2010 - '127 horas'A pesar de que la filmografía de Danny Boyle (“Trainspotting”, 1996, “28 días después…”, 2002, o “Slumdog Millionaire”, 2008) pueda parecer muy heterogénea debido a los diversos géneros que ha tratado, lo cierto es que el realizador británico se ha construido un estilo basado en la forma que bebe de la cultura pop y el lenguaje de los videoclips. En “127 horas”, su escueto argumento da lugar a que Boyle despliegue su pirotecnia narrativa y visual sin llegar a aburrir en ningún momento. Y es que el que Boyle (también coguionista) utiliza el reducido espacio y los pocos recovecos de la trama como lienzo sobre el que llevar a cabo una recargada (y a veces absurda) puesta en escena, con música casi omnipresente, flasbacks, alucinaciones y un montaje de infarto, que hacen (a veces de una manera frívola) de esta dramática historia real una odisea épico-minimalista que hará las delicias de los aficionados al cine espectáculo, pero que repelerá a los cinéfilos más serios.

Aron Ralston (James Franco) es un aficionado a los deportes al aire libre que se interna en un parque nacional de Utah para hacer barranquismo. Atravesando un estrecho cañón tiene un accidente y el brazo se le queda atrapado por una enorme piedra. Pasan los días y Aron no consigue liberarse, comienza a sentir la deshidratación y parece que va a morir en aquel lugar.

Con la inestimable ayuda de un estupendo James Franco, Danny Boyle vuelve a profundizar en su tema favorito: la supervivencia (en sus films hemos visto sobrevivir a un holocausto zombie, una misión por la supervivencia de la raza humana y hasta sobrevivir a tus compañeros de piso), lo que demuestra una vez más que estamos ante un autor en toda regla (a pesar de que su detractores lo tachen de vacío), capaz de crear iconos cinematográficos, buen cine de género, películas de culto y de pasear sus films por festivales como Berlín o San Sebastián (donde logró el premio al mejor director por su debut en el cine, la estupenda “Tumba abierta”, 1994). “127 horas” es un viaje interior, existencial, enriquecedor y casi místico, pero con un envoltorio al que las nuevas generaciones no pueden resistirse.

 

– Para cinéfilos amantes del barranquismo.

– Para interesados en la acción interior más que en la exterior.

 

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