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Fred C. Newmeyer & Sam Taylor - 1923 - 'El hombre mosca'Aunque a la sombra de Charles Chaplin y Buster Keaton (Lloyd suele ser considerado el tercer mejor cómico del cine mudo), Harold Lloyd supo desmarcarse de la comicidad social de Chaplin y de las frías interpretaciones de Keaton sin descuidar las grandes constantes del género. Con más de 100 cortometrajes a sus espaldas (y tres largometrajes) Lloyd se rodeó de sus habituales colaboradores (con Newmeyer y Taylor hizo también obras maestras como “El tenorio tímido”, 1924, o “El estudiante novato”, 1925) para crear la cumbre de su filmografía, en la que una sencilla comedia romántica se transforma en un festival tan divertido como bien coreografiado. Gracias a su prodigiosa comicidad física al servicio de la torpeza (para los anales ha quedado la escena en la que, escalando un edificio, termina colgado de las manillas de un reloj), la mala suerte (siempre desde un punto de vista optimista claro), el film se convierte en una retahíla de gags geniales y tronchantes que van desde el acoso de una marabunta de mujeres en rebajas, hasta una serie de malentendidos y conflictos creados por las diferencias de clase.

Harold Lloyd es un joven pueblerino que decide ir a la ciudad para ganar dinero y poder casarse con su novia. Una vez en la ciudad comienza a trabajar en el departamento de ropa de unos grandes almacenes. En las cartas que le envía a su novia le manda regalos caros y le miente diciéndole que está prosperando mucho.

“El hombre mosca” fue la consolidación de ese personaje bonachón e ingenuo, típico americano medio (metido en un argumento repetido luego hasta la saciedad), que ya era el canon interpretativo de Harold Lloyd, un joven torpe y enamoradizo al que le llueven los problemas por culpa de la deseabilidad social, un icono del ‘slapstick’ más inspirado; además de un intento por introducir ciertos conceptos normalmente ajenos a la comedia (como Chaplin había hecho en “El chico”, 1921) sin que el conjunto decaiga. En este caso fue el espíritu empresarial capitalista el que se ponía en tela de juicio, con ironía e ingenio.

 

– Para cualquiera que guarde 70 minutos para sonreir.

– Imprescindible para conocer a uno de los grandes cómicos olvidados de la historia del cine.

 

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