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Nathan Juran - 1958 - 'Simbad y la Princesa'El realizador (anteriormente director artístico) especialista en ciencia-ficción y fantasía Nathan Juran (“A 20 millones de millas de la Tierra”, 1957, “El ataque de la mujer de 50 pies”, 1958, o “La gran sorpresa”, 1964) contó con el mítico animador y diseñador de ‘stop-motion’ Ray Harryhausen (esta era su primera película en color y su trabajo se prolongó durante casi un año) y el compositor Bernard Herrmann para convertir en una experiencia única esta inolvidable aventura exótica de Simbad el Marino. El film desprende el aroma clásico de los años 50, con una ingenuidad encantadora y unas secuencias de acción que te transportan a otra época en la que la capacidad de asombro aún no estaba tan mermada. Clásico del technicolor y los efectos especiales tradicionales que llenó las tardes de los sábados durante los 80 y se anticipó a joyas como “Jasón y los Argonautas” (Don Chaffey, 1963).

Simbad (Kerwin Mathews) intenta romper la maldición que pesa sobre una princesa (Kathryn Grant) emprendiendo un peligroso viaje a la Isla del Coloso, el único sitio donde se puede encontrar el ingrediente principal de la cura. En su periplo se encontrará con cíclopes, esqueletos armados, dragones, un genio en una lámpara o enormes pájaros bicéfalos.

Pocas veces en la historia del cine el nombre del creador de los efectos especiales brilla por encima del director como en el caso de Ray Harryhausen (que en este caso también participó en la historia y desarrolló funciones de productor asociado), que impregna todo el film de esa magia tan perfeccionista como ingenua de la que carecen la producciones digitales contemporáneas. Primera entrega, y probablemente la mejor, de la trilogía (junto a las también apreciables “El viaje fantástico de Simbad”, 1973, y “Simbad y el ojo del tigre”, 1977) sobre el famoso marino que la Columbia Pictures puso en manos de la imaginación de Harryhausen; un excelente film familiar cuyos mediocres actores y su deslabazado argumento con reminiscencias homéricas no hacen mermar su interés como entretenimiento absoluto.

 

– Para todos los que aún tengan un niño dentro.

– Imprescindible para los que quieran pasearse por los imprescindibles efectos de Ray Harryhausen.

 

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