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38 - Akira Kurosawa - 1957 - 'Trono de sangre'Una de las razones de que a Akira Kurosawa se le considerase el director más ‘occidental’ de Japón podría ser su interés por las historias desarrolladas al margen de los habituales esquemas de la narrativa (literaria, teatral o cinematográfica) nipona; su admiración por el cine de John Ford o por las obras de William Shakespeare. Con “Trono de sangre”, el realizador japonés vuelve a la época medieval que tan buenos resultados le había dado (en obras maestras como “Rashomon”, 1950, o “Los siete samurais”, 1954) para adaptar al intemporal autor inglés, traslandando con maestría las trágicas intrigas de “Macbeth” al Japón de los samurais y los señores feudales; y presentándolo todo bajo los códigos estéticos y visuales del drama lírico japonés. La solidez de esta combinación demuestra tanto la universalidad de los textos de Shakespeare como la sabiduría cinematográfica de Kurosawa, que no descuida la profundidad psicológica, los dilemas morales, la intensidad de la acción o la épica narrativa.

Durante el período Sengoku (1946-1568), los generales Taketori Washizu (Toshirô Mifune) y Yoshaki Miki (Akira Kubo) regresan de una de las batallas habituales de la época (que enfrentaban a terratenientes por el control de las tierras) cuando se encuentran con una anciana que dice a Washizu que está llamado a convertirse en el señor del Castillo del Norte. La ambición de su mujer hará el resto para que Washizu comience a medrar a base de traiciones y sangre.

Akira Kurosawa se aleja de otras adaptaciones de la misma obra (como el “Macbeth”, 1948, de Orson Welles), tomándose ciertas libertades argumentales y evitando la teatralidad a base de alejarse de los planos cerrados y la importancia capital del diálogo que solían mostrar esta clase de productos. El director de “Dersu Uzala” (1975), se centra más en el dominio de la imagen, con su portentosa puesta en escena, sus cuidados encuadres y la belleza de sus planos; extrapolando su discurso acerca de las ansias de poder a un peldaño superior, a ese mundo que comparten los mitos morales de las más diversas culturas.

 

– Para coleccionistas de tragedias épicas.

– Imprescindible para amantes de William Shakespeare y de la experimentación formal.

 

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