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37 - William A. Seiter - 1933 - 'Compañeros de juerga'

Aunque habían aparecido en decenas de cortometrajes desde los inicios de la industria hollywoodiense (Stan Laurel debutó en 1917 y Oliver Hardy en 1914), los archiconocidos como ‘el Gordo y el Flaco’ no se convirtieron en pareja humorística hasta los albores del cine sonoro. Pronto sus personajes tomaron sus propios nombres y protagonizaron en poco más de una década más de 70 cortos con los que ganaron fama mundial, convirtiéndose en los humoristas más reconocibles de los años 30 y del nuevo cine cómico sonoro. Aunque sus largometrajes nunca lograron la trascendencia (al menos crítica) de otros genios de la comedia física como Chaplin, Keaton o Lloyd, si que rodaron un buen puñado de clásicos (“Dos pares de mellizos”, 1936, de Harry Lachman, “Laurel y Hardy en el Oeste”, 1937, de James W. Horne, o “Cabezas de chorlito”, 1938, de John G. Blystone) tan divertidos como faltos de pretensiones; lleno de enredos, malentendidos, golpes y una serie de gags memorables que denotan la inmensa influencia que Laurel y Hardy han tenido en la historia del cine.

“Compañeros de juerga” es uno de esos entretenimientos de primera en los que desarrollaron sus roles habituales de fiesteros amantes del alcohol y las mujeres casados con unas mujeres castrantes. Stan, confiado y bonachón, y Ollie, intolerante e irascible, son dos amigos que engañan a sus mujeres para ir a una convención de los Hijos del Desierto (una especie de organización para hombres). Pero el plan no saldrá como piensan.

El director William A. Seiter (“Roberta”, 1935, o “Bailando nace el amor”, 1942) puso su experiencia y su corrección al servicio de las entrañables patochadas de el Gordo y el Flaco (cuyo humor tenía su fundamento en la muy recurrida contraposición de caracteres), que con poco más de una hora tienen suficiente para desplegar todas sus virtudes (muchas de ellas heredadas de los espectáculos de variedades); enamorar al público con esos niños grandes llenos de optimismo pero profundamente idiotas que se meten en más líos de los que pueden manejar y seguir haciéndolo 100 años después.

 

– Para los que, a pesar de conocerlos, nunca ha visto una película de el Gordo y el Flaco.

– Imprescindible para interesados en los orígenes de la comedia cinematográfica.

 

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