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Peter Weir - 1975 - 'Picnic en Hanging Rock'En su segundo largometraje tras la extravagante “Los coches que devoraron París” (1974), un enigmático suceso real da pie a Peter Weir (“El año que vivimos peligrosamente”, 1982, “El club de los poetas muertos”, 1989, o “El show de Truman”, 1998) para adentrarse con una sutileza perturbadora en la psicología del pensamiento mágico. Por medio de unos personajes poco habladores y un ritmo calmado, que hacen de la primera parte del film una suerte de drama de época castrado emocionalmente (y con algún viso de crítica), Weir nos traslada a un mundo en suspenso del tiempo y el espacio, como si el Hanging Rock donde unas jóvenes van a pasar el día de San Valentín fuese una especie de vórtex a un universo paralelo (la versión extendida de la novela original de Joan Lindsay hablaba de una especie de ‘agujero temporal’). Para la posteridad quedará esa atmósfera sofocante y morbosa, inocente e intrigante, trágica e inexplicable, que recorre el film desde las delicadas caras de las virginales jovencitas hasta la roja piedra que se eleva en medio del desierto.

En 1900, en el sureste de Australia, un grupo de jóvenes de un estricto colegio se van de excursión a una zona rocosa que se alza en medio de la nada. Después de comer, varias de ellas deciden irse por su cuenta a explorar a pesar del tremendo calor. Pero solo una de ellas volverá.

Gracias a “Picnic en Hanging Rock” (y a su siguiente film, el thriller antropológico “La última ola”, 1977, premiado en Avoriaz y Sitges), Peter Weir se convirtió en sus inicios en uno de los más originales y ambiguos directores de cine fantástico de los 70; por su esquivo esquivo tratamiento de lo sobrenatural, inseparable de la realidad en la que vivimos (lo que imprime al mundo un halo mágico bajo el cual los relojes se paran y las leyes científicas se ponen en duda). Una etérea banda sonora compuesta a base de música clásica (Mozart, Beethoven o Bach) y composiciones para flauta de pan, junto a la sofocante fotografía de Russell Boyd (que lograría el Oscar 30 años después, de nuevo con Weir, con “Master and commander”, 2003) redondean su enrarecida atmósfera.

 

– Para degustadores de delicatessens del misterio.

– Imprescindible para interesados en crear atmósferas oníricas a través de la fotografía, la música y el tempo.

 

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