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Aki Kaurismäki - 1992 - 'La vida de bohemia'Si hay algo que el realizador finlandés Aki Kaurismäki (“La chica de la fábrica de cerillas”, 1990, “Nubes pasajeras“, 1996, o “Un hombre sin pasado”, 2002) nunca ha hecho, ha sido un cine convencional. Sus películas siempre han compartido un universo común marcado por las dificultades comunicativas y relacionales, minimalista, frío, comprometido con las clases bajas y enamorado de la Nouvelle Vague (o de directores ‘satélite’ como Jean-Pierre Melville o Robert Bresson). Rodada en Francia durante su periplo europeo (en Londres rodó “Contraté un asesino a sueldo”, 1990), “La vida de bohemia” es una brillante comedia dramática, amarga, dura (pero tierna), de una sencillez encantadora; con la que Kaurismäki compone un retrato realistamente irónico del ‘artista muerto de hambre’, cargado de humor ácido y con cierta simpatía hacia ese superviviente idealista comprometido con el arte hasta el hastío. Kaurismäki puede ser austero, áspero y a veces demasiado contemplativo (con sus habituales ‘tiempos muertos’, lugares vacíos y personajes estáticos), pero eso forma parte del ‘espectáculo’.

Marcel (André Wilms), Rodolfo (Matti Pellonpää) y Schaunard (Kari Väänänen) son respectivamente un escritor, un pintor y un compositor que malviven en París con lo poco que pueden conseguir. Un día, Rodolfo conoce a Mimi (Evelyne Didi), aunque su condición de inmigrante ilegal será un problema.

Tomando como sarcástico, amargo e intelectual referente la innumerablemente adaptada novela de Henri Murger “Escenas de la vida bohemia” (1851), Kaurismäki construye, en blanco y negro, una nostálgica, amarga y sarcástica reflexión sobre lo que es el arte (siempre con lúcida mirada) al oficio de artista; nada romántico, ecléctico (esa culta banda sonora) y extravagante. Los cameos y colaboraciones de Jean-Pierre Léaud, Louis Malle o Samuel Fuller corroboran la cinefília de Kaurismäki y su gusto por las vanguardias de género. Uno de los protagonistas vuelve a aparecer en “El Havre” (2011), lo que da continuidad a ese universo personal, plagado de perdedores y desheredados que constituye el escenario de los films de Kaurismäki.

 

– Para buscadores de un cine diferente… y de calidad.

– Imprescindible para interesados en vivir de las ‘bellas artes’.

 

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