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Darren Aronofsky - 1998 - 'Pi, fe en el caos'El primer largometraje del siempre intenso Darren Aronofsky (“Requiem por un sueño”, 2000, “El luchador”, 2008, o “Cisne negro”, 2010) se convirtió en una obra de culto del cine independiente (tras pasar por los festivales de Deauville, Gijón o Sundance) gracias a una paranoica atmósfera kafkiana y a un argumento que mezcla lo filosófico con el cine negro de conspiraciones más perturbador y vanguardista. Fascinantemente underground, “Pi, fe en el caos” es un complejo y radical ejercicio intelectual-cinematográfico rodado en un contrastado blanco y negro; con un estilo a medio camino entre el cine independiente americano de los 50 y el cine experimental) y con un presupuesto ínfimo que utiliza conceptos matemáticos para hablar de la condición humana y su búsqueda incesante de la verdad (de la regularidad, de lo constante); de las relaciones entre la religión, la ciencia y el universo.

Max (Sean Gullette) es un matemático que parece están a punto de encontrar la clave numérica que interpretará el supuesto caos que domina el mercado bursátil. Cuanto más se acerca a este código más dolor de cabeza tiene y se sumerge en un estado de vigilia paranoica que lo hace dudar de qué es real y qué no. Además la clave que está buscando parece que es más que un modo de averiguar las fluctuaciones de la bolsa, es algo más trascendental.

Aronofsky nos introduce en una pesadilla cinematográfica que se mira en otros thriller paranoico-obsesivos como “Plan diabólico” (John Frankenheimer, 1966) o “La conversación” (Francis Ford Coppola, 1974) y nos presenta un buen catálogo de esos espasmódicos y alucinógenos movimientos de cámara que encumbraron a su siguiente película; jugando con distintos ‘palos’ de la ciencia-ficción: de la perspectiva genealógica de “2001: una odisea del espacio” (1968) a la ‘Nueva Carne’ de David Cronenberg, pasando por la sordidez surrealista de “Cabeza borradora” (1977). Así, el film se erige como un atractivo pastiche cinéfilo-filosófico, cuya osadía formal y complejidad temática denota las ambiciones de un joven cineasta (tenía 29 años) que aún tenía mucho que decir.

 

– Para coleccionistas de hitos del cine independiente reciente.

– Imprescindible para completistas de la carrera del director de “El luchador” (2008) o “El Cisne Negro” (2010).

 

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