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Blake Edwards - 1962 - 'Días de vino y rosas'Entre la comedia romántica “Desayuno con diamantes” (1961) y “La Pantera Rosa” (1963), que lo convirtió en todo un icono del humor, Blake Edwards (“El guateque”, 1968, o “Cita a ciegas”, 1987) dirigió uno de los más contundentes y emocionantes retratos del alcoholismo que Hollywood ha dado jamás; con unas soberbias interpretaciones (ambas premiadas en San Sebastián) y una creciente intensidad dramática que atrapa al espectador en una espiral de destrucción y adicción. Edwards nos habla del mundo moderno y sus alienantes peligros a través de la bebida consiguiendo un relato realista y complejo sin caer en los habituales tópicos moralistas y en la condescendencia imperante en este tipo de productos. Así, el film se convierte en una angustiosa joya del cine, tan sinceramente rodada (introduce ciertos elementos polémicos del alcoholismo novedosos para la época) como necesaria; un drama humano en torno a las adicciones cuya fuerza no deja indiferente a nadie.

El film nos cuenta la historia de Joe Clay (Jack Lemmon) y Kirsten Anudsen (Lee Remick), los cuales se conocen, se enamoran y se casan, incluso tienen un hijo. Pero el creciente alcoholismo de Joe, y después de Kirsten amenaza con mandarlo todo a la mierda. Joe consigue dejar el alcohol gracias a Alcohólicos Anónimos, pero ahí no acabarán sus problemas.

Junto a “Días sin huella” (Billy Wilder, 1945), el film de Edwards demuestra lo cercana que de la comedia (ambos son prestigiosos directores de humor) está la tragedia y como a menudo se traspasa el aspecto lúdico del alcohol para adentrarse en un sórdido juego autodestructivo. Su carismática canción, ganadora del Oscar, ‘Days of wine and roses’ (compuesta por los multioscarizados Henry Mancini y Johnny Mercer, 8 oscars entre los dos), el hecho de conseguir afianzar la fama y la utilidad de Alcohólicos Anónimos y un set de rodaje en el que se bebía habitualmente hasta la embriaguez (tanto el director como los actores pasaron por clínicas de desintoxicación), son elementos que enriquecen esta obra maestra del drama etílico.

 

– Para interesados en cualquier clase de dependencia.

– Imprescindible para apreciar la profundidad y el saber hacer de Blake Edwards.

 

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