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Peter Bogdanovich - 1992 - 'Qué ruina de función'Bien sea por su enamoramiento casi obsesivo del cine clásico o por sus diversos problemas y traumas personales, la carrera de Peter Bogdanovich nunca volvió a tener el reconocimiento de sus primeros años (“La última película”, 1971, “¿Qué me pasa doctor?”, 1972, o “Luna de papel”, 1973). Pero entre finales de los 80 y principios de los 90, consiguió encadenar una serie de producciones cuanto menos interesantes (“Máscara”, 1985, “Texasville”, 1990, o “Esa cosa llamada amor”, 1993) entre las que sobresale esta frenética comedia de enredo que también es una divertidísima carta de amor al teatro, a la interpretación y a la dirección de actores. Y es que detrás de su aspecto de comedia comercial del montón (en España se estrenó directamente en video) se esconde una de las películas más tronchantes del cine moderno, una mirada amable, vodevilesca e ingeniosa a la ‘vida en el teatro’ (de los actores a ese esforzado ‘chico para todo’)  en la que todos sus elementos encajan a la perfección, como en las comedias clásicas en las que se mira.

Lloyd Fellowes (Michael Caine) es un director teatral nerviso por el estreno de una de sus obras en Broadway. Por medio de largos flashbacks presenciaremos el accidentado último ensayo antes del estreno y dos de las representaciones más desastrosas de la obra antes de llegar a Nueva York.

La estructura es aparentemente sencilla (tres representaciones, en las que la tensión y la jocosidad, van en aumento), pero su desenfadada concepción metalingüística (que también pasa por ser la adaptación de la obra del dramaturgo Michael Frayn) y su falta de pretensiones trascendentales hacen que sea muy fácil dejarse llevar por este festival de gags clásicos concienzudamente coreografiados (como esa segunda representación a la que asistimos entre bastidores, que homenajea al cine mudo) y materializados en un reparto genial. “¡Qué ruina de función!” no es un film realista, ni una grave reflexión sobre los obstáculos de la creación artística; pero es imposible no esbozar una sonrisa con sus personajes estereotipados pero entrañables y sus alocadas situaciones.

 

– Para los que quieran pasar hora y media de diversión asegurada.

– Imprescindible para interesados en los recursos humorísticos clásicos.

 

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