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William A. Wellman - 1931 - 'El enemigo público'Aunque después de la implantación del Código Hays (para ‘preservar la moralidad en el cine’) el cine negro se dedicó mayormente a cínicos detectives privados y perdedores arrastrados por las curvas de mujeres fatales, antes de 1934 el género estaba dominado por los relatos de auge y caída criminal desde que “La ley del hampa” (Josef von Sternberg, 1927) sentase las bases del subgénero gangsteril. Así, “El enemigo público” se hizo un hueco entre otras obras maestras de la época de características similares (como “Hampa dorada”, 1927, de Mervyn LeRoy, o “Scarface”, 1932, de Howard Hawks); lanzó al estrellato a un sobreactuado James Cagney, que borda un histriónico papel que ya forma parte de los clichés cinematográficos más reconocibles; y siguió demostrando la versatilidad genérica del infravalorado artesano hollywoodiense William A. Wellman (“Alas”, 1927, “Beau Geste”, 1939, o “Incidente en Ox-Bow”, 1943).

Tom Powers (James Cagney) es un joven delincuente en el Chicago de comienzos de siglo que, junto a su amigo de la infancia Matt (Edward Woods), se dedican a pequeños robos. Más tarde, mientras el hermano de Tom (Donald Cook) se va a combatir a la I Guerra Mudial, Tom proseguirá su carrera criminal en loso años de la prohibición.

“El enemigo público” fue uno de los films que forjaron el género del cine de gangsters en una época de depresión económica en la que esta clase de películas se consideraban cine social; representaciones un tanto sórdidas sobre cómo se desenvolvían las clases más desfavorecidas, las que vivían al margen de la ley; a menudo recurriendo a retratos psicológicos torturados al borde de la locura, moldeados por la pobreza y las desigualdades sociales. William A. Wellman logró uno de los más paradigmáticos clásicos sobre la mafia de Chicago, polémico desde el momento de su estreno (aunque aún no existía el código Hays, no se permitió que apareciesen asesinatos en pantalla, así que se hicieron fuera de plano), algunas secuencias míticas (como la de las uvas en la cara, adorada por Billy Wilder) y un final simplemente inolvidable.

 

– Para todos los que gustan del cine clásico con brío.

– Imprescindible para quienes no ven más allá del “Scarface” de Al Pacino.

 

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