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Adolfo Aristarain - 1997 - 'Martin (Hache)'

Después del prestigio que le proporcionó la emotiva “Un lugar en el mundo” (1992), nominada al Oscar al mejor film extranjero, el director argentino Adolfo Aristarain se trasladó a España para rodar dos estupendos films: el entretenido western gallego “La ley de la frontera” (1995) y “Martín (Hache)”, un intenso drama existencial plagado de extensos y lúcidos diálogos que no tendría razón de ser sin un soberbio cuarteto protagonista en estado de gracia. Y es que por medio del dedicado trabajo interpretativo de sus actores, Aristarain nos habla de sentimientos, inseguridades y debilidades en torno a temas como el sexo, las drogas, la política, el arte o la moral (hay pocas cosas de las que no hablen); todo ello vertebrado por un concepto tan simbólico como recurrente: la paternidad y la relación padre-hijo. Desgarradora, sincera y emocionante reflexión sobre la difícil búsqueda de la identidad (psicológica, geográfica o artística) que dejó para la posteridad algunos de los discursos más certeros y poderosos de la historia del cine español.

Martín Echenique (Federico Luppi) es un cineasta argentino exiliado en España que se reencuentra con su hijo de 19 años Martín (Juan Digo Botto), al que llaman ‘Hache’. Tras un accidente relacionado con las drogas, ‘Hache’ se va a vivir con su padre. En Madrid conocerá a la novia de Martín (Cecilia Roth) y a Dante (Eusebio Poncela), el mejor amigo de su padre.

El concepto de ‘paternidad’ funciona en “Martín (Hache)” también como referencia a la relación de los exiliados con su patria, estableciendo paralelismos entre la anhedonia emocional del padre con su hijo y con una Argentina que, no obstante siempre tiene muy presente. Pero también nos habla de un ‘complejo de Edipo’ existencial, del vampirismo que supone tener un padre que parece insuperable, que te eclipsa totalmente (de ahí la ‘H’, la letra muda). En definitiva “Martín (Hache)” es un film complejo, estimulante, verborréico (hay quien dice que demasiado), filosófico, duro, humanista e intimista, en el que lo de menos son las situaciones; y esto lo convierte en una película no apta para todos los paladares.

 

– Para guionistas a los que les cuesta escribir diálogos.

– Imprescindible para apreciar la gran cosecha del cine español de los 90.

 

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