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Robert J. Flaherty - 1948 - 'Louisiana Story'El padre, por derecho propio, del cine documental (“Nanuk, el esquimal”, 1922, “Hombres de Arán”, 1934, “Moana”, 1926) se pasó a la ficción (más bien a la ‘docuficción’) con esta obra maestra que a pesar de ser una historia impuesta (ideada por Flaherty y su esposa) y contar con el patrocinio de la petrolera Standard Oil (con lo que no cabe la crítica a las prospecciones petrolíferas en plena naturaleza) contiene una fuerza y una belleza impresionante. Con una preciosa banda sonora de fondo (obra del compositor y estudioso de las raíces de la música americana Virgil Thomson), Flaherty nos muestra los pantanos de Louisiana como un entorno cargado de magia ancestral y en el que la poesía visual y la oda a la Naturaleza cobran el protagonismo que el director siempre ha privilegiado en sus films documentales. El film sigue a una tradicional familia cajún (grupo étnico descendiente de los inmigrantes de las colonias francesas americanas del siglo XVIII) que vive en los pantanos mientras una compañía petrolífera llega a estos conmocionando a la comunidad y cambiando en cierto modo su manera del ver el mundo.

A través del hijo de 12 años de la familia (los cuales son actores no profesionales que se interpretan a sí mismos, lo que multiplica la sensación de realismo) vemos la majestuosidad de las torres de extracción en medio de los salvajes parajes pantanosos como si se tratase de Titanes invasores inofensivos.

Tal vez las situaciones y el entorno en el que viven los protagonistas del film esté idealizado en exceso, pero la realidad parece supurar por las costuras de las invenciones fílmicas, de tal manera que podemos sumergirnos en la comunidad que retrata (o asomarnos a ella por una ventana) y explorar esa ancestral contraposición entre la Naturaleza y el progreso tecnológico (y su expolio) con serenidad y profundidad. Además de triunfar en festivales como Venecia y obtener una nominación al Oscar (por su guión), “Louisiana Story” tiene el honor de ser la única película premiada con el premio Pulitzer, a la música cajún compuesta por Virgil Thompson.

 

– Para los seguidores de la mejor poesía visual documental.

– Imprescindible para los que quieran investigar los límites del cine documental con el de ficción.

 

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