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Alfred Hitchcock - 1954 - 'Crimen Perfecto'El mismo año que estrenó la obra maestra “La ventana indiscreta”, Hitchcock también rodó (con la tecnología 3D, aunque no se pudo ver así hasta 1982) otro ejercicio magistral de estilo a base de pocos personajes y una escenografía reducida al mínimo; logrando un genial film de suspense con giros de guión, profundidad psicológica, una inquietante trama que funciona como un reloj suizo y una serie de planos creados para el 3D que convierten la película en una rareza en la filmografía del director inglés. Y es que con “Crimen perfecto”, Hitchcock confirmaba que tras tres décadas de carrera seguía experimentando y explorando las posibilidades del lenguaje cinematográfico construyendo un thriller criminal casi de tesis, visual, narrativa y conceptualmente atractivo que encaminaba al viejo ‘Hitch’ a unos últimos años sencillamente míticos (“Vértigo. De entre los muertos”, 1958, “Con la muerte en los talones”, 1959, o “Psicosis”, 1960).

Tony Wendice (Ray Millard) es un exjugador profesional de tennis que planea matar a su mujer (Gene Kelly), la cual piensa que le pone los cuernos, y quedarse con su dinero. Tony chantajea a C.A. Swann (Anthony Dawson) para que acabe con su esposa mientras ella habla con el por teléfono, de tal manera que tenga una coartada perfecta. Pero no todo va a salir tan bien.

Alfred Hitchcock consigue con este tópico argumento de tramposos planes criminales, basado en una obra de teatro de Frederick Knott (autor de otra obra que se convirtió en magnífico ejercicio de suspense cinematográfico: “Sola en la oscuridad”, 1967, de Terence Young), uno de sus mejores films, un drama criminal de situación que mantiene al espectador intrigado hasta el último minuto gracias a un lenguaje cinematográfico moderno y sugerente que homenajea el cine negro y el medio televisivo con pasión, profesionalidad y un estupendo sentido del espectáculo. Si a esto añadimos el soberbio trabajo de Robert Burks (oscarizado al año siguiente con otro Hitchcock: “Atrapa a un ladrón”, 1955) con un siniestro technicolor y la intrigante melodía de Dimitri Tiomkin, el resultado no baja de sobresaliente.

 

– Para los que quieran saber como se saca mucho de muy poco.

– Imprescindible para entender el afán de innovación del gran maestro inglés.

 

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