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Antes de transformarse en un gurú de la experimentación formal y narrativa (“Timecode”, 2000), Mike Figgis se había forjado un nombre con buenos thrillers (“Lunes Tormentoso”, 1988, o “Asuntos sucios”, 1990) e incursiones en el Hollywood más predecible (“Mr. Jones”, 1993). Pero “Leaving Las Vegas” se convirtió en su film emblemático (y cumbre de su carrera como director y guionista) gracias a un enfermizo sentido de la belleza, una dura historia de autodestrucción y unas convincentes interpretaciones. La novela de John O’Brien (el cual se suicidó poco después de conocer que se iba a adaptar al cine) es el territorio perfecto sobre el que desarrollar controvertidos temas de gran calado psicológico y filosófico (del trastorno maniaco-depresivo al existencialismo); con un protagonista que renueva el espíritu de ese Romanticismo Alemán personificado en el “Las penas del joven Werther” de Goethe.

Ben Sanderson (Nicolas Cage consiguió el Oscar al mejor actor) es un guionista alcoholizado que tras perder su trabajo decide ir a Las Vegas a beber hasta la muerte. Pero allí conoce a Sera (también excelente Elisabeth Shue), una prostituta con la que entablará una dramática relación.

Las historias de los dos protagonistas se solapan en un descenso a los infiernos repleto de vicios, perversiones, pateticismo, depresión y una nada complaciente relación romántica acariciada por los acordes de la jazzistica y triste banda sonora compuesta por el propio Mike Figgis (además de tres temas clásicos interpretados por Sting). La elección de Figgis de rodar el film en 16 mm (junto a la oscura fotografía de Declan Quinn), formato habitual en películas de bajo presupuesto, imprime a esta espiral de alcoholismo suicida una atmósfera y una estética que remite al cine independiente de arte y ensayo de los 70 (como el Cassavetes de “El asesinato de un corredor de apuestas chino”, 1976). “Leaving Las Vegas” es un film desolador, nada agradable y difícil de digerir, pero contiene una reflexión en torno a la aceptación y la resignación de la finitud tan acertada como necesaria.

 

– Para los que ya no se acuerden de cuando Nicolas Cage merecía la pena.

– Imprescindible para buscadores de dramas crudos y desesperanzados sobre la soledad y el amor.

 

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