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El subestimado artesano fílmico, especialista en cine de acción con espíritu de serie B, Jack Lee Thompson (“Fugitivos del desierto”, 1958, “El cabo del terror”, 1962, o “El oro de Mackenna”, 1969) contó con un soberbio reparto y excelsos medios para la adaptación al cine del popular ‘best seller’ de Alistair MacLean (guionista de “El desafío de las águilas”, 1968, de Brian G. Hutton); logrando un espléndido e inolvidable film de aventuras bélicas donde el heroísmo y el compañerismo son las mejores armas. “Los cañones de Navarone” se convirtió rápidamente en un icono instantáneo del género (uno de los hitos más reconocibles del subgénero de ‘escuadrones-heterogéneos-en-misiones-suicidas’); una de esas irresistibles superproducciones hollywoodienses en las que el realismo deja de ser importante a favor del espectáculo (que en este caso tiene el apreciable encanto del cine clásico).

Durante la II Guerra Mundial, un comando especial liderado por el Mayor Roy Franklyn (Anthony Quayle) tiene la misión de destruir unos cañones que, situados en el mar Egeo, han destruido varios barcos aliados. El montañista Keith Mallory (Gregory Peck), el duro coronel griego Andrea Stavrou (Anthony Quinn) y el químico Miller (David Niven) tendrá que usar sus habilidades para lograr esta misión imposible.

Un buen despliegue técnico (consiguió el Oscar a los mejores efectos especiales) y artístico (vibrante banda sonora de Dimitri Tiomkin), un sólido reparto de secundarios (Richard Harris, Irene Papas o Stanley Baker), el entretenido guión del también productor Carl Foreman (oscarizado autor de obras maestras como “Solo ante el peligro”, 1952, de Fred Zinnemann, o “El puente sobre el río Kwai”, 1957, de David Lean), la frescura y el buen hacer de J. Lee Thompson y el hecho de que las grandes producciones bélicas en torno a la II Guerra Mundial estaban viviendo una época dorada convirtieron a esta improbable odisea filmada en la isla de Rodas fuese un éxito de taquilla (dando lugar a una pasable secuela: “Fuerza 10 de Navarone”, 1978, de Guy Hamilton, pero esa es otra historia).

 

– Para amantes del cine de aventuras imposibles al que no le importa el realismo, sino el espectáculo.

– Imprescindible para amantes de los grandes duelos actorales.

 

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