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Presente en la movida artística neoyorquina de los 80 (amigo de Basquiat o Keith Harring), Vincent Gallo se forjó una carrera como actor en los 90 gracias a directores como Emir Kusturica (“El sueño de Arizona”, 1992), Bille August (“La casa de los espíritus”, 1993) o Abel Ferrara (“El Funeral”, 1996). Pero sus ambiciones lo llevaron a convertirse en director de largometrajes (como la polémica “The Brown Bunny”, 2003) con esta comedia dramática que, aunque enmarcada en el cine independiente americano, es un ejercicio personalísimo de estilo y de nostalgia (como denota su título), de cuidada estética, que mezcla autobiografía con crítica social y humor negro con estudio psicológico (más cercano al cine de Jim Jarmusch que al de Richard Linklater). “Buffalo ’66” es un film a contracorriente, arriesgado, irónico y artístico, en el que sus deprimentes localizaciones y su avejentada fotografía parecen simbolizar la aguda pero desganada mirada de su autor.

Billy Brown (Vincent Gallo) sale de la cárcel tras pasar cinco años en ella por un delito que no cometió. Se dispone a visitar a sus padres (Ben Gazzara y Angelica Huston), y para impresionarlos decide secuestrar a la joven Layla (Christina Ricci) para que finja ser su novia. Pero Layla es más de lo que parece.

Gallo se mira en los clásicos (su premisa la emparenta con “La Strada”, 1954, de Federico Fellini), acercando su propuesta a los pioneros del cine independiente americano (la presencia de Gazzara remite a John Cassavetes) sin traicionar su sucia y deslucida visión del mundo (intensificada esta por el uso de diferentes formatos). “Buffalo ’66” también atesora un optimismo irónico y un tanto minimalista que da más complejidad y profundidad al conjunto; desarrollando un discurso poco convencional sobre las relaciones de pareja, la familia y la sociedad en general. A una serie de canciones que compuso e interpretó el propio Gallo (y una su propio padre), se añaden temas de rock progresivo (King Crimson o Yes), el melancólico jazz de Stan Getz o el romanticismo de Nelson Riddle.

 

– Para los que no les importe algo de sobreactuación y narcisismo a cambio de una obra original y diferente.

– Imprescindible para estudiosos del cine independiente americano.

 

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