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El director neoyorquino iba perfeccionando su técnica (tras “Toma el dinero y corre”, 1969, “Bananas”, 1971, y “Todo lo que usted siempre quiso…”,1972), y buscando aún su rumbo temático, cuando dirigió esta divertida sátira social y política con forma de comedia de ciencia-ficción distópica; repleta de gags físicos (en muchos momentos homenajea directamente a Buster Keaton, Charles Chaplin y los clásicos del cine mudo) y críticas explícitas a la hipocresía de las clases acomodadas o a la manipulación del gobierno. Así, Woody Allen, a la vez que parodia producciones de ciencia-ficción de la época (como “La naranja mecánica”, 1971, de Stanley Kubrick) acercándose con ironía y descaro a los clásicos de género (de H.G. Wells a Aldous Huxley), también hace un comentario sangrante sobre la pérdida de sentido que conlleva la vida moderna.

Miles Monroe (Woody Allen), propietario de un local de comida sana, es hibernado por accidente cuando va a someterse a una amigdalitis. Miles despertará 200 años después, cuando un grupo de opositores al gobierno intenten utilizarlo para acabar con la dictadura que los oprime. Miles escapará y se hará pasar por un androide mayordomo, conociendo así a Luna (Diane Keaton en su primera colaboración con Allen), una joven snob con la que tendrá un extraño romance.

Allen, que también es autor de la jazzistica banda sonora, utiliza en esta irónica pieza de culto una serie de tópicos relacionados con la ciencia-ficción (los robots, la clonación, las sociedades opresivas, …) para crear algunos elementos convertidos ya en iconos del cachondeo futurista (como el famoso orgasmatrón)…; logrando un pequeño clásico del género y uno de los grandes exponentes de la escasa ciencia-ficción humorística. Y es que toda la parafernalia temática y visual del distópico futuro de “El dormilón”, sirve a Allen a la perfección para ir puliendo sus diálogos ‘grouchianos’ basados en dobles sentidos, comentarios punzantes e insultos velados y sus retorcidas tramas en torno a un romance (que culminarían en “La última noche de Boris Grushenko” o “Annie Hall”).

 

– Para los que quieran conocer a un Woody Allen más joven, más fresco, pero igual de aprensivo.

– Imprescindible para confiar en el humor como arma de educación social y política.

 

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