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Después de unos años curtiéndose en televisión, el realizador neoyorquino John Frankenheimer irrumpió en el cine con contundencia; dirigiendo en solo cuatro años obras maestras como “El mensajero del miedo” (1962), “El tren” (1964), “Plan diabólico” (1966) o este drama carcelario atípico y humanista, inspirado en un personaje real, que se apoya en una excelente interpretación de Burt Lancaster (secundado por clásicos como Karl Malden, Thelma Ritter o Telly Savalas), un guión que critica las instituciones penitenciarias con efectiva sutileza y una profunda reflexión sobre la condición humana y la libertad. Ayudado por la elegante fotografía en blanco y negro de Burnett Guffey y una excelente banda sonora del gran Elmer Bernstein, Frankenheimer construye con engañosa facilidad un relato metafórico sobre las cosas que utilizamos para no volvernos locos en el mundo desquiciado y opresivo donde vivimos.

Robert Franklin Stroud (Burt Lancaster) ha sido condenado a cadena perpetua por asesinato. Su estancia en la cárcel cambia radicalmente cuando un día entra por su ventana un gorrión que el convertirá en su mascota. Poco a poco Stroud va haciéndose un experto en pájaros, llegando a escribir libros sobre el tema mientras envejece entre rejas.

Mientras que habitualmente los films carcelarios se centraban en las condiciones inhumanas de los presos, en elaborados planes de fuga o en las relaciones de poder que se establecen en prisión; “El hombre de Alcatráz” solo toca por esos temas de pasada, centrándose en las peripecias vitales de su protagonista durante décadas, su redención por medio de la ornitología (que simboliza esa búsqueda de la libertad, de volar, que todos tenemos en el fondo). En un film como este poco importa si la historia (escrita por Guy Trosper sobre una novela de Thomas E. Gaddis) es poco fiel al personaje real (que al parecer era un psicópata peligroso); ya que “El hombre de Alcatráz” es uno de esos cantos cinematográficos a la libertad tan bien narrados como interpretados, tan espléndidamente rodados como profundos.

 

– Para amantes de los inicios del cine moderno.

– Imprescindible para buscadores de grandes interpretaciones.

 

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