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El séptimo largometraje de los hermanos Marx volvió a repetir la misma fórmula que venía funcionándoles hasta la fecha (y que funcionaría al menos en cuatro films más): un sentido del humor absurdo y gamberro tan trepidante como inteligente, unos cuantos números musicales (como la estupenda ‘All God’s Chillun Got Rhythm’ cantada por Ivie Anderson) y un argumento más bien vulgar por el que los anárquicos hermanos se pasean con ironía y descaro. Y es que “Un día en las carreras” es un surrealista ejercicio de humor en el que, como siempre, sobra la mediocre y complaciente historia de amor, dirigido por el competente Sam Wood (que ya los había dirigido en “Una noche en la ópera”, 1935, y alcanzaría la fama con clásicos como “Adiós, Mr. Chips”, 1939, o “El orgullo de los yankis”, 1942), y poseedor de algunos de los momentos más divertidos de la filmografía de los Marx (como el tronchante reconocimiento médico).

El doctor Hackenbush (Groucho Marx) es un veterinario que se hace pasar por médico e intenta salvar el hospital de Judy (Maureen O’Sullivan) mientras corteja descaradamente a la millonaria de turno (interpretada por ‘el verdadero cuarto hermano Marx’ Margaret Dumont).

El chófer de Judy (Chico Marx) y un jockey (Harpo Marx) maltratado por el malvado de la función prestarán también su inestimable ayuda. La fórmula cinematográfica de los Marx no solo provenía de sus orígenes en los espectáculos de variedades (de ahí su popular mezcla, un tanto inconexa, de humor, música y romance) sino que los gags de “Un día en las carreras” fueron probados y perfeccionados en una gira que los incansables hermanos Marx hicieron en teatros antes del estreno de la película (lo que demostraba también su insobornable compromiso con las clases bajas, con sus orígenes). Y esto se nota en su milimetrada e insultante verborrea o su amenazante humor físico (y en su virtuosismo musical), que convierte lo que podría ser una comedia romántica mediocre en una muy disfrutable joya de enredos improbables, irreverente y poseedora de unas malas intenciones que actúan como crítica menos oculta de lo que se podía pensar.

 

– Para cualquiera que tenga sentido del humor.

– Imprescindible como todos los largometrajes de los Marx de 1929 a 1941.

 

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