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El veterano realizador francés Louis Malle (“Ascensor para el cadalso”, 1958 o “El soplo al corazón”, 1971), tras su periplo americano (con films destacables como “Atlantic City”, 1980, o “Mi cena con André”, 1981), facturó una de sus mejores películas con esta historia semi-autobiográfica que cuenta las peripecias de unos niños en un internado carmelita francés durante la Segunda Guerra Mundial. La sombra del antisemitismo (y el rechazo del diferente en general) es el tema negativo que sirve como contrapunto para relatar una clásica historia de crecimiento personal y pérdida de la inocencia en la que la amistad incondicional es la gran lección a aprender. Sin ninguna clase de sensiblerías ni efectismos gratuitos, Malle realiza un prodigio de sutileza y contención en un ejercicio casi radiográfico de su memoria y emociones; alejándose de las argucias narrativas de sus contemporáneos galos de la Nouvelle Vague.

Durante el invierno de 1943-44, Julien Quentin (Gaspard Manesse), un chico un tanto malcriado que estudia en un internado al sur de París, conoce a Jean Bonnet (Raphael Fejtö); un talentoso nuevo alumno que ha de esconder su condición de judio en una Francia en la que los colaboracionistas y la Resistencia tenían su guerra particular.

Además de su condición de ejercicio cinematográfico de introspección en los recuerdos de su infancia; Louis Malle convierte “Adiós, muchachos” en una emocionante y efectiva crítica a la intolerancia y la persecución del diferente en general; y al gobierno autoritario de Vichy en particular, el cual era afín a la Alemania nazi. Sociedad, política, religión y experiencias vitales se combinan en una película ideal para enseñar valores a todas las edades; que utiliza la descontaminada mirada de la infancia como catalizador del sinsentido y el horror de uno de los conflictos bélicos y humanos más explotados en la gran pantalla. El film fue un éxito de crítica (ganando hasta cinco premios en Venecia) y de público, convirtiéndose en una de esas perlas de autor que sobrevivieron en las estanterías de los videoclubs de los 80.

 

– Para los que admiran las historias morales y los ajustes de cuentas con el pasado para toda la familia.

– Imprescindible para los que miran al pasado con nostalgia.

 

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