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El segundo largometraje de los hermanos Marx (tras “Los Cuatro Cocos”, 1929, de Robert Florey) ya tenía su inconfundible sello personal; era un alocado prodigio de diálogos tronchantes y situaciones de comedia de enredo bordeando lo absurdo (adelantándose a la explosión del ‘slapstick’ a finales de los 30), personajes estrafalarios, inevitables números musicales (algunos antológicos, como la divertida virtuosidad al piano de Chico en ‘I’m Daffy Over You’) y una desfatachez extrema al servicio del más lúdico espectáculo y de la sutil, pero obvia, crítica a la hipocresía y la vacuidad de las clases altas (los Marx siempre están con los desfavorecidos). Dirigida por el mediocre director Victor Heerman (como guionista destacó con “Las cuatro hermanitas”, 1933, de George Cukor o “Stella Dallas”, 1937, de King Vidor) y con una inverosímil trama que aún dejaba ver demasiado su origen de vodevil de variedades, “El conflicto de los Marx” posee algunos de los momentos y frases lapidarias más recurrentes de la filmografía de los hermanos.

Durante una fiesta que Mrs. Rittenhouse (Margaret Dumond) da en honor al explorador capitán Jeffrey Spaulding (Groucho Marx), recién llegado de África; un valioso cuadro que había de exponerse por primera vez desaparece. Unos impresentables investigadores improvisados (Harpo y Chico Marx) se pondrán manos a la obra para recuperar el cuadro.

La cumbre de su talento llegaría con “Sopa de ganso” (Leo McCarey, 1933) o “Una noche en la ópera” (Sam Wood, 1935), pero la lavia grosera de Groucho (‘Es usted la mujer más bella que he visto en mi vida… lo cual no dice mucho en su favor’), la picaresca de Chico, el humor físico de Harpo (al soso cuarto hermano, Zeppo, básicamente lo ignoran) y canciones como ‘Hooray for Captain Spaulding’ o ‘Hello, I must be going’ son elementos suficientes para convertir este entrañable catálogo de gags en una parada obligada en la historia de la comedia cinematográfica; los orígenes en el séptimo arte de unos de los mitos más rutilantes e intemporales del cine mundial.

 

– Para los que necesiten reírse un rato.

– Imprescindible para amantes de los delirios cómicos.

 

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