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El debut como director del hasta entonces guionista Walter Hill (“The Warriors”, 1979, “Límite: 48 horas”, 1982, o “Danko: Calor Rojo”, 1988) ya contenía las constantes de su cine posterior (así como de “La Huida” de Sam Peckinpah, 1972, el guión que lo puso en el panorama cinematográfico): tipos duros enfrentados a un entorno hostil que verán como la fatalidad del destino, y de su pasado, los pone a prueba en una sencilla trama que mezcla con solvencia la acción y el drama. Solo la veterana pareja protagonista sería suficiente para acercarse a esta tosca pero sensible historia de regusto social y estructura clásica; pero además Walter Hill (como director y guionista) crea una atmósfera de tragedia barriobajera a base de contundentes coreografías en las peleas, unos personajes prototípicos pero efectivos, un halo de tristeza que lo recorre todo y una excelente recreación de la época.

Chaney (Charles Bronson) es un ‘loser’ que llega a Nueva Orleans en plena Gran Depresión y decide competir en combates sin guantes para ganar algo de dinero. Speed (James Coburn) es un promotor de poca monta que ve en Chaney la oportunidad de salir de pozo al que lo ha llevado su mala vida. La asociación entre ambos llevará a Chaney a pelear en un combate en el que se juega algo más que dinero.

Walter Hill (con la inestimable ayuda del director de fotografía Philip H. Lathrop o la envolvente melodía de Barry De Vorzon) retrata los problemas sociales de la Gran Depresión que siguió al crac económico de 1929, consiguiendo que el público empatice con un vagabundo que participa en peleas ilegales y que además tiene la cara del justiciero fascistoide por excelencia del cine de los 70 y 80 (sin duda uno de los grandes logros interpretativos de Charles Bronson). “El luchador” es “Las uvas de la ira” (John Ford, 1940) de Walter Hill; un drama con carácter que bien podría haber protagonizado Wallace Berry en los años 30; una historia de perdedores, testosterona y de como buscarse la vida en tiempos difíciles a base de puños.

 

– Para los que piensan que la supervivencia pasa por nuestros puño.

– Imprescindible para desencasillar a Charles Bronson de su rol de justiciero callejero.

 

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