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Curtido en la televisión durante los años 70 y principios de los 80, Stephen Frears llamó la atención por sus dramas sociales ambientados en un Londres proletario no exento de cierto humor satírico (“Mi hermosa lavandería”, 1985, “Ábrete de orejas”, 1987, o “Sammy y Rosie se lo montan”, 1987), descubriendo a actores como Gary Oldman o Daniel Day-Lewis. Con “Las Amistades Peligrosas” cambió de registro y sorprendió agradablemente a propios y extraños con esta irónica mirada al drama de época (basada en la novela homónima del siglo XVIII, escrita por Pierre Choderlos de Laclos) repleta de lujo, erotismo y decadencia moral. Pero además de su condición de crítica social, todos los actores están estupendos, el viperino guión es un prodigio de diálogos en torno al juego de la seducción y los apartados técnicos y artísticos están impecables (el vestuario y la dirección artística recibieron sendos oscars); configurando un atractivo ejercicio de cine de calidad, complejo e inteligente.

En la Francia del siglo XVIII, la retorcida Marquesa de Merteuil (Glenn Close) planea vengarse de su último amante haciendo que el libertino vizconde de Valmont (John Malkovich), que se encuentra en otra conquista (Michelle Pfeiffer), desvirgue a su prometida (Uma Thurman), la cual ve los vientos por su profesor de arpa (Keanu Reeves).

Su retorcido argumento, un malintencionado baile de relaciones y situaciones, nos presenta a una clase alta alejada de la realidad social, que pasa sus ociosos días con prácticas crueles, jugando con las emociones de los demás. Así, como es habitual en el cine de época, el también oscarizado guión de gran Christopher Hampton (“Expiación. Más allá de la pasión”, 2007, de Joe Wright) critica la degradación moral de las clases acomodadas de la actualidad estableciendo un paralelismo obvio con esa aristocracia francesa que poco después (la novela se publicó por primera vez siete años antes de la Revolución Francesa) vería sus cabezas rodando ante el ascenso de una nueva clase dominante, que también caería en las mismas prácticas decadentes.

 

– Para los que se aburren con los dramas de época.

– Imprescindible para los amantes de la igualdad en la guerra de sexos.

 

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