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Aunque Woody Allen ya había dirigido dos tronchantes comedias (“Toma el dinero y corre”, 1969, y “Bananas”, 1971) y se había convertido en un personaje muy popular gracias a innumerables apariciones en programas televisivos durante la década de los 60; la Paramount prefirió que fuese el especialista en comedias dramáticas Herbert Ross (“La pareja chiflada”, 1975, “La chica del adiós”, 1977, o “Magnolias de acero”, 1989) el que dirigiese la adaptación de esta exitosa obra teatral del propio Allen. El resultado fue una estupenda (aunque algo impersonal) comedia sobre el sexo y la pareja, que homenajea al cine clásico con ingenio y buenos diálogos; un excelente anticipo de lo que sería la filmografía posterior de Woody Allen, que Ross rueda con buen ritmo y profesionalidad, y que los actores (que ya la habían interpretado en Broadway) convierten en un ameno paseo por las relaciones de pareja en el mundo moderno.

Allan Felix (Woody Allen) es un divorciado que suele hablar con una aparición espectral de Humphrey Bogart, el cual le da consejos sobre las mujeres. El matrimonio compuesto por Dick (Tony Roberts) y Linda (Diane Keaton) intentarán que Allan encuentre pareja, aunque este terminará enamorándose de Linda.

Aún pasaría un lustro hasta que el realizador neoyorquino pudo ponerse tras las cámaras para rodar con total libertad una de sus características comedias románticas intelectuales (“Annie Hall”, 1977); pero “Sueños de un seductor” ya contenía ese afilado y engañosamente apocado sentido del humor, su ácida reflexión sobre las relaciones sentimentales, su gusto por la metanarración, sus neurosis existencialistas de clase media venida a más y los elementos extracinematográficos o los guiños al cine con en el que se crió durante su infancia (el título original es la famosa cita de “Casablanca”, 1942, de Michael Curtiz; ‘Play it again, Sam’). Woody Allen confirmaba su creciente fama de poder tratar temas serios (el divorcio, la infidelidad, …) de una manera divertida, sin por ello denostar la importancia y la inteligencia de su discurso.

 

– Para interesados en los comienzos del hipocondríaco Woody Allen.

– Imprescindible para comprender el cine actual del director neoyorquino.

 

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