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Inspirada por las supuestas experiencias reales del dramaturgo Russell Hunter, “Al final de la escalera” se convirtió rápidamente en un clásico moderno del cine de terror en general y del subgénero de casas encantadas en particular. Parte de su éxito se debe a la inspirada realización del húngaro Peter Medak (“La clase dirigente”, 1972, o “Los Krays”, 1990), con una inquietante utilización de los efectos sonoros, los planos subjetivos y los movimientos de cámara que impregna el film de una atmósfera malsana. Con una ausencia casi completa de efectos especiales (pero con unas excelentes fotografía y banda sonora), el film se desenvuelve a la perfección en esos difíciles terrenos que son el suspense sobrenatural, el terror psicológico y el drama fantasmagórico; recurriendo con destreza a recursos clásicos pero efectivos del género (en una época en la que el terror estaba dominado por delirantes slashers y zombies comecerebros).

“Al final de la escalera” cuenta la historia de John Russell (George C. Scott), un músico que tras perder a su mujer y su hija en un accidente decide irse a una vieja mansión, donde, por supuesto, ocurrió más de lo que cree saber.

La siniestra visión de Peter Medak (últimamente dedicado a la televisión dirigiendo series como “The Wire”, “House M.D.” o “Breaking Bad”) del, por otro lado más bien sencillo, material que maneja potencia la sensación de ejercicio de terror puro; ajeno a los efectismos, excesos hemoglobínicos, desnudos gratuítos y radicalidades temáticas tan habituales en el horror cinematográfico de la época. La correcta interpretación del veterano George C. Scott, su estupendo diseño de producción (la casa, un personaje más del film, era una detallada maqueta) o su solvente raparto de secundarios (Melvyn Douglas, Jean Marsh, Trish Van Devere, …) ayudan también a que esta modesta producción canadiense destaque por encima de productos similares (el año antes se había estrenado la exitosa “Terror en Amityville” de Stuart Rosenberg), marcando a cineastas posteriores como M. Night Shyamalan o James Wan.

 

– Para aquellos que gusten de los ‘films fuente’, de los que beben muchos otros.

– Imprescindible para cualquier amante del cine de terror puro y duro.

 

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