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Consolidado ya como uno de los grandes directores de la época dorada del Hollywood más comercial gracias a exitosas comedias (“El padre de la novia”, 1950) y musicales (“Cita en St. Louis”, 1944, o “Un americano en París”, 1951), el estadounidense de origen italiano Vincente Minnelli se atrevió con esta agobiante obra maestra del cine dentro del cine con la que criticaba a una industria que utiliza a los artistas con el único objetivo de ganar dinero, con este drama tan intenso como referencial. Inspirándose en diversos personajes famosos del cine (el productor David O. Selznick o los directores Alfred Hitchcock y Orson Welles), el guionista Charles Schnee (“Río Rojo” de Howard Hawks, 1948) confeccionó un ácido retrato del arribismo hollwywoodiense a través de una penetrante historia más dramática y menos irónica que su contemporánea “El crepúsculo de los dioses” (Billy Wilder, 1950).

Jonathan Shields (un genial Kirk Douglas) es un productor sin escrúpulos que se encuentra en horas bajas. Una serie de personajes: una actriz (Lana Turner), un director (Barry Sullivan) y un guionista (Dick Powell) contarán como alcanzaron la fama en parte gracias a Shields, sin que eso los haga seguir reprochándole que se aprovechó de ellos para lograr sus objetivos.

“Cautivos del mal” es una demostración de las cotas de maestría y calidad que se podían alcanzar en la industria hollywoodiense; cuando se apostaba por las buenas historias y se confiaba en la profesionalidad de sus artistas. Un reparto impresionante (también están Gloria Grahame, Walter Pidgeon o Leo G. Carroll), un melancólico e intrigante tema musical (de David Raksin) que terminó por convertirse en un estándar jazzístico, la impecable producción para la Metro Goldwyn Mayer a cargo de John Houseman (“Carta a una desconocida”, 1948, de Max Ophüls), su atractiva estructura de rompecabezas humano y la habilidad tras la cámara de Minnelli; hicieron de “Cautivos del mal” una obra maestra inmortal (avalada con 5 Oscars y el reconocimiento unánime de la crítica y el público).

 

– Para los que gustan de mirar lo que pasa detrás de las cámaras.

– Imprescindible para no dejarse engañar por las intenciones de la industria del cine.

 

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