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El ambicioso director y productor Alexander Korda (“El tercer hombre”, 1949, de Carol Reed) se rodeó que un equipo de primera para construir una de las más ambiciosas superproducciones del cine británico hasta la fecha. En la dirección estaba, entre otros, el gran Michael Powell, con una veintena de largometrajes a sus espaldas y a punto de comenzar a crear, junto a Emeric Pressburger, las obras maestras más innovadoras visual y narrativamente de los años 40 (“Coronel Blimp”, 1943, “A vida o muerte”, 1946, “Narciso negro”, 1947, o “Las zapatillas rojas”, 1948). También encontrábamos en la producción y como director no acreditado al director artístico William Cameron Menzies (director de clásicos de la ciencia-ficción como “La vida futura”, 1936, o “Invasores de Marte”, 1953), que el año anterior había logrado un Oscar por “Lo que el viento se llevó” (Victor Fleming, 1939).

Si a esto añadimos un especial cuidado en aspectos como la fotografía o los efectos especiales (ambos ganadores de Oscar, por, entre otras cosas, su pionero uso del ‘croma’), podemos entender porqué “El ladrón de Bagdad” se convirtió en una auténtica maravilla estética además de ser una fabulosa fantasía oriental repleta de romance y aventuras (todo ello aderezado por la excelente partitura de Miklós Rózsa).

Con un buen reparto liderado por el exótico Sabu (interpretando al ladrón del título) y el reputado Conrad Veidt (como el villano de la función, un malvado visir llamado Jaffar, si, el mismo); y basada en uno de los más famosos relatos de “Las mil y una noches”; por “El ladrón de Bagdad” pasan muchos elementos de la iconografía mágica oriental (la lámpara que contiene al genio, la alfombra voladora, …) creando un universo de fábula que parte de la versión muda de 1924 (“El ladrón de Bagdad” de Raoul Walsh, con Douglas Fairbanks) y cuya influencia se extiende hasta producciones como “Alfombras mágicas” (Kevin Connor, 1979) o “Aladdin” (Ron Clements & John Musker, 1992). Una auténtica delicia cinematográfica para todas las edades y todas las décadas.

 

– Para cualquiera al que le interese mínimamente el espectáculo cinematográfico.

– Imprescindible para interesados en la evolución del cine como medio artístico.

 

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