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Un saltimbanqui Burt Lancaster (que había trabajado en el circo antes de ser actor y aquí volvía a recuperar a su excompañero de trapecio Nick Cravat, tras “El halcón y la flecha”, 1950, de Jacques Tourneur) se unió al a menudo subestimado director alemán Robert Siodmak para rodar este divertidísimo e inocente clásico del cine de aventuras piratas tan encantador como entretenido. A pesar de que Siodmak se había especializado en su carrera estadounidense en el más contundente cine negro (como el debut en el cine de Lancaster “Forajidos”, 1946, “La escalera de caracol”, 1946, o “El abrazo de la muerte”, 1949), no parece tener problemas para sacar adelante una excelente comedia de aventuras con una tímida trama política (originalmente el guión lo escribió Waldo Salt, aunque su versión se descartó cuando este fue acusado de antiamericano por el comité del senador McCarthy) y un gran despliegue de colores brillantes al servicio de acrobacias cirquenses, duelos a espada e ingeniosas réplicas lapidarias.

En el Caribe del siglo XVIII, plagado de piratas, el capitán Vallo (Burt Lancaster) está al frente de un barco que asalta una nave de la armada real, la cual estaba destinada a ayudar al tiránico gobierno de la Isla Cobra. Vallo y su tripulación ayudarán a los rebeldes, liderados por Pablo Murphy (Noel Purcell) y la bella Consuelo (Eva Bartok).

Parada obligatoria y punto de referencia clave del cine de piratas en la época dorada del cine hollywoodiense, la sombra de “El temible burlón” se extiende desde la adorable picaresca al margen de la ley de su protagonista (¿no es la historia muy similar a la de Han Solo con la rebelión?) hasta su improbable trama plagada de malandrines de buen corazón, luchadores contra la opresión y malvados gobernantes y su idealizado diseño de producción (a pesar de contar con exteriores rodados en la isla italiana de Ischia). El icónico Christopher Lee también tiene un rol secundario de secuaz de los malos tras haber destacado el año antes en otro clásico del cine de aventuras marítimas: “El hidalgo de los mares” (Raoul Walsh, 1951).

 

– Para los amantes de las grandes aventuras del cine clásico.

– Imprescindible para conocer a un Burt Lancaster joven y desenfadado.

 

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