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Cine costumbrista acerca de la Naturaleza y el hombre con el que el incansable maestro japonés Shôhei Imamura (de las rompedoras “Cerdos y acorazados”, 1961, o “La mujer insecto”, 1963, a las aún osadas “Lluvia negra”, 1989 o “La anguila”, 1997) volvía a dar una lección de cine en estado puro, complejo y bello, controvertido y crudo. “La balada de Narayama” es una visión nada complaciente de la vida rural, en la que a través de la dramática historia de una familia de un pequeño pueblo de montaña en el Japón ¿medieval? se reflexiona sobre las consecuencias del apego a una Naturaleza tan cruel como inevitable. La distancia abismal entre las convenciones sociales y esa Naturaleza inquisitorial que domina las costumbres de la aldea agita al espectador con innumerables implicaciones éticas y morales, subvirtiendo el optimismo natural del cine de Yasuhiro Ozu o Kenji Mizoguchi.

Una antigua ley dice que al cumplir los 70 años, los ancianos deben ser llevados a la cima de Narayama y abandonados allí. Orín (Sumiko Sakamoto) tiene 69 años y, aunque se encuentra perfectamente, comienza a preparse para su sentencia de muerte. Su primogénito Tatsuhei (Ken Ogata) será el encargado de llevarla a su retiro definitivo.

Para intensificar la pertenencia de la comunidad humana a la Naturaleza, Imamura intercala el relato de las miserias y las costumbres de los aldeanos con insertos de animales (insectos, pájaros, serpientes, …) en su programado e inevitable ciclo de la vida; así lo que hoy día y en medio de la ‘civilización’ nos pudiese parecer salvaje y cruel no sería más que la obvia adaptación al medio y a los recursos con los que se cuenta. Y es que Imamura, con su espíritu transgresor de la Nueva Ola Japonesa intacto, parece tener intención de hacer una suerte de documental antropológico y social; un retrato (visual y conceptualmente muy logrado) de la condiciones de las poblaciones rurales perfectamente extrapolables a la actualidad como crítica de la artificialidad y el desapego por los valores verdaderos que provienen de nuestras raíces naturales.

 

– Para amantes de los cuentos crueles.

– Imprescindible para entendidos en la historia del cine japonés.

 

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