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Como una de las voces más contundentes del cine mudo tardío (ese año estrenó también “La última orden”), el austrico-estadounidense Josef von Sternberg ya había dirigido la ‘primera película de gangsters’ de la historia (“La ley del hampa”, 1927), en la que había desplegado su gusto por el realismo más crudo. Con “Los muelles de Nueva York”, una historia minimalista con apenas tres localizaciones, convirtió el realismo en motivo principal del film; logrando un complejo retrato psicológico con una ambientación fría y oscura. El turbio y malsano entorno en el que se mueven los personajes de este perturbador melodrama con aires de cine negro contrasta con la humanidad que Sternberg imprime a la historia de amor; moviéndose con soltura por los barrios bajos (en los que Sternberg pasó su dura infancia), el director que descubrió a Marlene Dietrich (en “El Ángel Azul”, 1930) consigue una pieza clave de los últimos compases del cine mudo.

El film sigue a Bill Connolly (George Bancroft), un fogonero que tiene una noche libre en tierra. Mientras pasea por los muelles, Bill ve como una despechada mujer (Betty Compson) se tira al agua intentando suicidarse, pero el se tira detrás y consigue salvarla. En poco tiempo los dos comienzan a sentirse atraídos.

En la línea de otras películas de la época (“Y el mundo marcha”, 1928, de King Vidor), “Los muelles de Nueva York” desarrolla una visión fatalista de las grandes metrópolis, lugares inabarcables e impersonales donde la humanidad parece diluirse para alimentar la maquinaria industrial de la sociedad. En medio de este infierno, von Sternberg pone su mirada en una de cientos de miles de historias, construyendo una suerte de ‘Romeo y Julieta’ del infierno urbano, de una noche neoyorquina plagada de alcohol, prostitutas, delincuencia, … Y lo hace además con un espectáculo visual memorable (que a veces parece dejar de lado la trama), con la tenebrosa fotografía del gran Harold Rosson, la original puesta en escena de von Sternberg (su uso de la profundidad de campo, …) y los opresivos escenarios diseñados por Hans Dreier.

 

– Para amantes de las perlas menos conocidas del cine mudo.

– Imprescindible para amantes de los dramas desoladores de calidad.

 

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