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La historia del joven pianista prodigio David Helfgott sirvió al a menudo arriesgado director y guionista Scott Hicks (“Mientras nieva sobre los cedros”, 1999, “Corazones en Atlántida”, 2001, o “Glass: A Portrait of Philip in Twelve Parts”, 2007) para darse a conocer fuera de Australia; lanzó al siempre interesante Geoffrey Rush (que logró el Oscar al mejor actor) y supuso uno de los biopics más acertados de los años 90, por su profundidad psicológica, su detallismo y su simpatía contagiosa por el protagonista. Gracias, sobre todo, a una portentosa interpretación de Geoffrey Rush (y de unos acertados Armin Mueller-Stahl y Noah Taylor) y a un guión que huye de los efectismos sensacionalistas facilones para sumergirnos, por medio de la pasión por la música y la vida, en un emocionante viaje de iniciación y emancipación mental; el film se eleva por encima de propuestas similares.

David Helfgott era ya en su infancia un genial interprete al piano, pero la estricta educación de su padre, lejos de lograr que aprovechase su talento como el quería, lo llevó a sufrir una serie de conflictos nerviosos que lo convirtieron en un niño (virtuoso eso si) atrapado en el cuerpo de un adulto. Pero algo hará que David quiera volver al ‘mundo real’.

Por medio de una serie de flashbacks al pasado del protagonista, acompañados de impecables interpretaciones de autores clásicos (Chopin, Rajmáninov, Beethoven, el pegadizo ‘El vuelo del moscardón’ de Rimsky-Korsakov o el imposible tercer concierto de Rachmaninoff, símbolo y columna vertebral de toda la historia); Hicks nos presenta una clásica historia de crecimiento personal, de descubrimiento y pérdida de la inocencia, truncada por un autoritarismo travestido de amor paterno. Pero a pesar del enorme dramatismo trágico de la historia, “Shine” no se regodea en los entresijos más escabrosos de la vida de David Helfgott, sino que se despliega en un emocionante pero refrescante canto a la vida, a la música y al arte. La enorme popularidad del film llevó a Helfgott a interpretar ‘El vuelo del moscardón’ en la gala de los Oscars de 1997.

 

– Para melómanos amantes de las historias de superación bien interpretadas.

– Imprescindible para los que no crean en los encasillamientos psicológicos.

 

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