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Basada en la historia real de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Liddell mientras se preparaban para los Juegos Olímpicos de Paris en 1924, “Carros de Fuego” supuso un tremendo éxito de crítica y público y el debut en el largometraje del luego no excesivamente destacable Hugh Hudson (“Greystoke, la leyenda de Tarzán, el rey de los monos”, 1984, “Soñé con África”, 2000, o “Altamira”, 2016); que aquí dirige a un excelente equipo técnico y artístico que convierten en film en una sólida y exquisita película sobre la amistad, la enemistad y el sacrificio. Los conflictos religiosos funcionan como leit-motiv de una rivalidad y unos motivos que al fin y al cabo desembocaban en una sola meta: ganar el oro. “Carros de Fuego” es una obra épica de superación deportiva, no recomendable para los que buscan la adrenalina desbordada de propuestas más actuales, con una oscarizada banda sonora (a cargo de Vangelis) que ha trascendido y superado la fama del propio film, y unas actuaciones excelentes.

La película sigue las vidas de Eric Liddell (Ian Charleson), católico hijo de misioneros escoceses, y Harold Abrahams (Ben Cross), un estudiante judio de la universidad de Cambridge. Ambos son elegidos para representar a Gran Bretaña en atletismo, lo que hará que entre ellos surja una fuerte amistad-rivalidad.

El prestigioso productor londinense David Puttnam (“El expreso de medianoche”, 1978, de Alan Parker, o “Los gritos del silencio”, 1984, de Roland Joffé) consiguió reunir talento suficiente como para encandilar en todo el mundo, tanto a la crítica (4 Oscars, incluido mejor película, y varios premios en Cannes) como al público (llenó cines en todo el mundo y siguió su carrera como recurrida cinta de calidad en los videoclubs de los 80). La elección de actores jóvenes y poco conocidos como protagonistas (respaldados por veteranos de la talla de John Gielgud, Ian Holm o Nigel Davenport) ayuda a transmitir una pureza deportiva, que vista desde una época en la que los deportistas comenzaban a transformarse en auténticas ‘máquinas humanas’ dopadas y eufóricas, parece idílica.

 

– Para recuperadores de los grandes éxitos olvidados de los 80.

– Imprescindible para los que busquen solucionar debates morales a base de deporte.

 

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