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El musical fue uno de los géneros preferidos por el público de los años 30, buscando evadirse de la tremenda crisis económica que asolaba EE.UU. (y debido a que fue la gran novedad con la llegada del cine sonoro). Y “La calle 42” fue una de las cumbres del género en la época debido a una competente dirección del artesano de estudio Lloyd Bacon (“Desfile de candilejas”, 1933, “La mujer marcada”, 1937, o “Acción en el Atlántico Norte”, 1943), un atractivo guión de ‘espectáculo dentro de espectáculo’ y, sobre todo, las grandilocuentes y surrealistas coreografías de Busby Berkeley (las cuales le abrieron las puertas de la dirección y hacen que se le recuerde hoy día). Intercalando las historias de amor con los números musicales coreografiados por Berkeley, Bacon consigue imprimir un buen ritmo a este estupendo retrato de los entresijos de la creación de un musical de Broadway.

La historia sigue el desarrollo de una obra musical financiada por un poderoso empresario (Guy Kibee). El pone a Dorothy (Bebe Daniels), su amante, como protagonista del musical; pero Dorothy está enamorada de su compañero de espectáculo, Pat. La trama se complica con unas coristas que sueñan con ser algo más (Ruby Keeler y Ginger Rogers) y un director en horas bajas (Warner Baxter).

“La calle 42” marcó el camino a seguir por los musicales posteriores, que vivirían una época dorada hasta los años 50, convirtiéndose en una especie de estándar del género; además de ser homenajeada en numerosas películas durante casi 100 años (desde musicales modernos como “Empieza el espectáculo”, 1979, de Bob Fosse, hasta los delirios oníricos de “El gran Lebowski”, 1998, de los hermanos Coen). Una trama romántica con toques de comedia que sea fácil de seguir, intérpretes atractivos y con talento (encontramos nada menos que a Ginger Rogers), una generosa producción del mítico Darryl F. Zanuck para la Warner Bros. y, por supuesto, las icónicas coreografías de Busby Berkeley (algunas multitudinarias, pero también íntimas) y ya tenemos una obra maestra intemporal del cine.

 

– Para amantes del musical clásico en sus inicios.

– Imprescindible para interesados en las bambalinas del mundo del teatro.

 

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