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El director finlandés Aki Kaurismäki (“Nubes pasajeras”, 1996, “Un hombre sin pasado”, 2002) cerró su ‘trilogía del proletariado’ (iniciada con “Sombras en el paraíso”, 1986, y “Ariel”, 1988, con las que se hizo popular en el circuito de festivales de cine) con esta dura y sobria historia con la que Kaurismäki mostró al mundo ese particular estilo a la hora de contar historias truculentas (ese minimalismo visual y narrativo, totalmente despojado de adornos, diálogos escasos y un omnipresente bloqueo emocional); cargado de frialdad interpretativa (nada de emociones exacerbadas o dramatismos innecesarios) y un negrísimo sentido del humor. Con el silencio como omnipresente personaje, “La chica de la fábrica de cerillas” (a diferencia del cine posterior del director) no deja mucho lugar a la esperanza, a pesar de contar con un final que te toca la fibra sensible y desplegar cierta empatía hacia la protagonista.

El film cuenta la historia de Iiris (la actriz fetiche del director Kati Outinen), una trabajadora de una fábrica de cerillas que intenta olvidar su monótono y aburrido trabajo (y a su cruel padrastro) con cierto optimismo apático, saliendo para intentar conocer algún hombre. Pero nada parece irle bien.

Como siempre, Kaurismäki se pone del lado de los desvalidos, confeccionando un austero drama clásico que es también una sensible crítica social en torno a la imposibilidad fatalista de superar las barreras de clases, de alcanzar la felicidad; un trágico (¿tragicómico?) y cruel cuento de hadas moderno (su título y varios elementos del film parecen remitir a “La pequeña cerillera”, el cuento de Hans Christian Andersen que también intentaba concienciar sobre el sufrimiento de las clases bajas). Pero además de su compromiso social, la sencilla frialdad silenciosa y contemplativa de Kaurismäki (reconocido cinéfilo y melómano) esconde una enorme profundidad y sensibilidad aderezada por retazos de cultura popular americana (cine, rock & roll, …) que intensifica la sangrante ironía de “La chica de la fábrica de cerillas”.

 

– Para amantes del gesto mínimo, la narración mínima y las emociones máximas.

– Imprescindible para los que aún no conozca a ese rara avis del cine llamado Aki Kaurismäki.

 

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