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Dejando de lado las ilustres contribuciones mudas de Lon Chaney (“El jorobado de Notre Dame”, 1923, o “El fantasma de la Ópera”, 1925), el tercero de los monstruos clásicos de la Universal tras “El doctor Frankenstein” (James Whale, 1931) y “Drácula” (Tod Browning, 1931) supuso un nuevo éxito arrollador y el nacimiento de un nuevo mito cinematográfico del cine de terror. La creciente popularidad de la arqueología y de la cultura egipcia en particular (La tumba de Tutankamón había sido descubierta solo 10 años antes) llevó al legendario productor Carl Laemmle Jr. a interesarse por el tema, a promover una película que acabaría en manos del reputado director de fotografía Karl Freund (“El último”, 1924, de F.W. Murnau, “Metrópolis”, 1927, de Fritz Lang o “Cayo Largo”, 1948, de John Huston); el cual supo imprimir a esta historia de amor de ultratumba el tono inquietante y siniestro que había aprendido en el expresionismo alemán.

La momia del sacerdote egipcio Imhotep (Boris Karloff) vuelve a la vida en 1921 cuando unos arqueólogos leen un antiguo papiro que han encontrado. Imhotep escapará con el papiro hacia El Cairo, donde espera hallar a la princesa Ankh-es-en-amon (Zita Johann), cuyo amor lo llevó a ser enterrado vivo 4.000 años antes.

Con “La momia”, Laemmle y Freud supieron explotar el tirón del cine de ‘terror con monstruos antropomórficos’ que ellos mismos parecían haber inventado, pero también el éxito que en la época estaban teniendo las películas de aventuras exóticas; así, aunque con la típica prepotencia occidental, el film nos sumerge en una cultura misteriosa y ancestral que imprime a la historia una originalidad que se convertiría rápidamente en un estándar en cualquier película de momias egipcias rodadas posteriormente. Karl Freund dirigiría después otra película de culto del cine de terror (“Las manos de Orlac”, 1935), pero fue “La momia”, con la icónica interpretación de Boris Karloff (y el excelente trabajo de maquillaje) y un argumento casi calcado de “Drácula”, la que lo colocaría en lo alto de los clásicos del horror.

 

– Para coleccionistas de monstruos clásicos.

– Imprescindible para estudiosos de la influencia europea en el cine hollywoodiense clásico.

 

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