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Tras una serie de incomprendidos films caracterizados por la libertad de experimentación formal y conceptual (entre ellos obras maestras como “Persona”, 1966, o “La hora del lobo”, 1968), el realizador sueco Ingmar Bergman retomó sus temas habituales (la muerte, el dolor, la religión, la familia, la condición femenina, …) con una puesta en escena y una concepción estética y narrativa más tradicional. Pero lejos de significar un retroceso creativo, “Gritos y susurros” supuso uno de sus obras más impresionante, inteligente y emocionante. Con su talento habitual para la dirección de actrices, su profundidad temática y su desgarradora tristeza nórdica, Bergman compuso un intenso drama coral que podría haber salido de la pluma de Strindberg o Ibsen; un angustioso relato filosófico para los paladares más exigentes que no obstante se convirtió en un éxito de público gracias a su portentosa capacidad para tocar la fibra sensible del espectador.

Enferma de cáncer de útero, Agnes (Harriet Andersson) vive en la casa familiar. Aunque su relación se había ido enfriando con el tiempo, Maria (Liv Ullmann) y Karin (Ingrid Thulin), hermanas de Agnes, vuelven a casa para acompañarla en sus últimos días.

La saturada fotografía, cargada de simbólicos tonos rojos, del gran Sven Nykvist (que logró aquí su primer Oscar, el segundo lo lograría con “Fanny & Alexander”, 1982) y elegante gravedad de las composiciones clásicas de Bach o Chopin, componen una perfecta atmósfera donde desarrollar este pormenorizado estudio psicológico que se va conformando poco a poco, como un rompecabezas incompleto, mientras colocamos las piezas de la personalidad de sus protagonistas. Su refinado, brillante y elegante aspecto externo esconde, como en muchas historias de Bergman, los más traumáticos e inconfesables claroscuros de la mente humana; desarrollando a pinceladas temas controvertidos como el incesto, el lesbianismo, las conductas autodestructivas o los reproches familiares. Acérrimo admirador de Bergman, Woody Allen hizo su particular versión con “Interiores”, 1978.

 

– Para amantes de los dramas filosóficos nórdicos..

– Imprescindible para estudiosos de la psique femenina.

 

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