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Tras “Nazarín” (1959) y “Viridiana” (1961), el realizador aragonés Luis Buñuel volvió al universo literario de Benito Pérez Galdós con “Tristana”, sugerente historia de pérdida de la inocencia, recorrida por los temas habituales de la filmografía del director (el sexo, la religión, la clase aristocrática, el anarquismo o el subconsciente). Pero también volvió a España (es una coproducción con Francia e Italia, rodada en Toledo) para sortear con inteligencia los aún vigentes recortes ideológicos de la censura franquista. Buñuel construye un irónico y morboso drama, rodado con elegancia, en torno a la imposibilidad del amor correspondido; plagando el film de simbolismos freudianos y reivindicación social que traslada las intenciones originales de Pérez Galdós (denunciaba la situación de la mujer a finales del XIX) a la época de juventud del propio Buñuel (finales de los 20, principios de los 30, años del auge del surrealismo).

Cuando sus padres mueren, la joven Tristana (Catherine Deneuve) se va a vivir con don Lope (Fernando Rey), un seductor aristócrata venido a menos que se obsesionará con ella. Pero Tristana dejará a don Lope por Horacio (Franco Nero), un atractivo pintor con el que las cosas no irán como ella esperaba.

Buñuel se alejaba de la parafernaria surrealista de sus obras más características (films como “El ángel exterminador”, 1962, o “La Vía Láctea”, 1969) para adentrarse en una historia más lineal y directa que no obstante tiene complejidad y profundidad suficiente para convertirla en una obra maestra. Un excelente reparto (con secundarios españoles como Lola Gaos, Antonio Ferrandis o Juanjo Menéndez) o la fría y amenazante fotografía en color de José F. Aguayo (responsable de “El extraño viaje”, 1964) dan credibilidad a este fetichista repaso del imaginario visual y conceptual de Buñuel en que todo parece suceder de manera natural, sin aparente emoción o juicio por parte del director (guionista y productor). “Tristana” fue nominada al Oscar al mejor film extranjero; premio que logró al año siguiente con “El discreto encanto de la burguesía” (1972).

 

– Para amantes de los dramas simbólicos más transgresivos.

– Imprescindible para conocer el universo cinematográfico de Buñuel.

 

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