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Proyecto largamente deseado por el gurú de la animación Walt Disney, la adaptación cinematográfica de “Alicia en el País de las Maravillas” (Lewis Carroll, 1865) vino al mundo con la forma de un delirio colorista en el que Disney supo coger la retorcida, matemática y alucinatoria mente de Carroll y domarla para ofrecerla al gran público (aunque tal vez no al de los 50); sin que se perdiera por el camino cierta extravagancia anárquica que la hace única entre los largometrajes Disney. Obra de culto debido a su psicodélica concepción visual y narrativa (y a la sátira social presente, al menos, en la obra original), su estructura episódica resulta idónea para este catálogo de retorcidos cuentos y canciones, con sus moralejas y sus simbolismos, que se queda en una insigne selección de fragmentos de la novela original. Aventuras surrealistas y fantásticas tal vez demasiado extrañas para niños, pero no hay duda de que es una maravilla filosófico-visual para toda la familia.

Mientras pasa el día en la campiña inglesa, Alicia ve un conejo blanco con un reloj de bolsillo, que parece llegar tarde a una cita. Decide seguirlo y termina cayendo en una madrigera que la transporta a un mundo poblado de singulares criaturas.

Aunque no tuvo el éxito esperado en el momento de su estreno, a finales de los 60 la generación hippie la adoptó como la joya excéntrica e imaginativa que es (la novela de Lewis Carroll se relacionaba a menudo con el consumo de drogas); repleta de paradojas e ironías, diálogos ocurrentemente ilógicos y personajes tan entrañables como siniestros. “Alicia en el País de las Maravillas” puede resultar un tanto irregular y deslavazada (demasiadas cabezas pensantes), pero está cargada de virtudes y aciertos visuales; amén de memorables secuencias crueles (la de la Morsa y el Carpintero), frenéticas (el sombrerero loco), psicotrópicas (la oruga), visualmente intensas (esa espesa pintura roja), … El tema ‘Alice in Wonderland’, de Sammy Fain, se convirtió en un estándar jazzístico en manos de grandes como Dave Brubeck o Bill Evans.

 

– Para coleccionistas de fábulas posmodernas.

– Imprescindible para rastreadores del origen de la psicodelia.

 

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