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Es curioso que una de las cumbres del cine de Woody Allen, fácilmente clasificable como su mejor película, sea también una de las más olvidadas (ensombrecida por sus habituales, y excelentes, comedias neorótico-románticas como “Annie Hall”, 1977, “Manhattan”, 1979, o “Hannah y sus hermanas”, 1986). Y es que en “Delitos y faltas”, el siempre agudo director neoyorquino combina dos historias de diferente calado conceptual: por un lado un relato intelectual de amor maduro en su más pura tradición y por otro un drama moral, con regusto a cine negro, vertebrado por infidelidades y crímenes. Así, Woody Allen cerraba su etapa más oscura (“Septiembre”, 1987, y “Otra mujer”, 1988) con uno de sus films más completos; con una comedia dramática que reflexiona sobre la pérdida de la fe religiosa, armada de triángulos amorosos, diálogos impresionantes marca de la casa y un extenso catálogo de las obsesiones habituales del director.

Cliff (Woody Allen) es un realizador de documentales que se enamora de una de las productoras (Mia Farrow) de su última película. Judah (Martin Landau) es un prestigioso oftalmólogo acosado por una ex-amante (Angelica Huston). Ambos personajes terminarán conversando sobre sus historias en la boda de una conocida común.

“Delitos y faltas” tiene interpretaciones memorables (con secundarios de la talla de Claire Bloom, Alan Alda o Sam Waterson); ingeniosos chistes ‘allenianos’ (‘La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad’); buenas dosis de intriga, filosofía y romance realista; y una compleja historia (con reminiscencias de “Crimen y Castigo” de Fiódor Dostoyevski) encaminada a demostrar que la ‘hybris’ clásica (la regla de ‘el que la hace la paga’ que se cumple en todas las películas) no es necesaria para construir una historia moral (o amoral) que indague en la psique humana y tenga sitio para comedia y drama existencial. Una obra maestra coronada por esa conversación entre Landau y Allen en la que se suelta esa frase-declaración-de-intenciones: ‘Si quieres ver un final feliz, ve a ver una película de Hollywood’.

 

– Para los amantes de historias tragicómicas emparentadas con el mundo real.

– Imprescindible para los que se preguntan por el sentido (o la ausencia de sentido) de la vida y del cine.

 

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