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A pesar de que entonces no llegó a obtener el prestigio que se merecía, Jack Arnold fue uno de los directores más importantes de los años 50. Y aunque en esa década dejó para la posteridad estupendas comedias, westerns y films criminales, fue la combinación de cine de terror y ciencia-ficción la que le dio sus películas más recordadas (“La mujer y el monstruo”, 1954, “Tarántula”, 1955, o “El increíble hombre menguante”, 1957). Con “Llegó del más allá” se apuntó a la moda de la invasiones extraterrestres que poblaba los cines de la época, pero al contrario que la tendencia imperante, sus alienígenas no tienen intención de acabar con la especie humana, ni comernos, ni colonizarnos. Las ideas del gran Ray Bradbury (autor de la primera versión del guión) encajan con la austera pero efectiva puesta en escena de Arnold (que convierte el desierto californiano en un lugar inquietante); creando una trama avivada por cierta crítica social que parece preguntarse si de verdad estamos preparados para relacionarnos con visitantes del espacio.

Tras ver como un meteorito se estrella cerca de una pequeña ciudad de Arizona, el astrónomo aficionado John Putnam (Richard Carlson) descubre que en realidad se trata de una nave espacial. Aunque el sheriff no cree la historia de Putnam, parece que en el pueblo están sucediendo cosas extrañas.

Si el cine de invasiones del espacio exterior de los 50 fue relacionado con el miedo a la amenaza comunista, “Llegó del más allá” puede ser considerada una refutación de esto; una especie de mensaje de comprensión e integración marcado por cierto pesimismo (como su crítica a los medios de comunicación) que se anticipaba a la ingeniosa premisa de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Don Siegel, 1956); una reflexión pulp sobre el miedo a lo desconocido. Pero por encima de todo es un espectáculo modesto (de intenciones, presupuesto y metraje) pero altamente representativo (con sus actores de segunda, sus monstruos de cartón piedra y su exhibición original en 3D) de la ciencia-ficción de los 50, en el que se sugiere más de lo que se muestra.

 

– Para amantes de las parábolas sociales de los 50.

– Imprescindible para coleccionistas de la mejor ciencia-ficción de los 50.

 

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