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Además de ser uno de los grandes renovadores del lenguaje cinematográfico y pieza clave en el génesis del cine moderno, el insobornable azote de la industria americana Orson Welles (“Ciudadano Kane”, 1941, o “Sed de mal”, 1958) también rendía tributo al clasicismo por medio de su amado William Shakespeare. Welles supo conjugar el espíritu del dramaturgo inglés con su propio concepción de la sociedad, la psicología y el arte en una trilogía involuntaria iniciada con “Macbeth” (y completada con “Otelo”, 1951, y “Campanadas a medianoche”, 1965), aguda y dramática reflexión sobre las ansias de poder que Welles convirtió en una personal declaración de intenciones artística (una suerte de mensaje contra la ambición mercantilista hollywoodiense, con la que estuvo en guerra toda su carrera) y moral (con su crítica a la codicia por el poder político).

En la Escocia del siglo XI, Macbeth (Orson Welles) es un noble al servicio del Rey Duncan (Erskine Sanford). Tres brujas profetizan que Macbeth llegará a ser Rey a pesar de que este cuenta aún con salud y varios herederos. Lady Macbeth (Jeanette Nolan) incitará a su esposo a que se cumpla la profecía.

Rodada en poco más de tres semanas, por un estudio independiente y con un presupuesto mínimo, “Macbeth” es la demostración del genio de Welles; que a pesar de no estar acreditado como tal tiene un control total de todos los aspectos del film (no solo era director, guionista, protagonista y productor, también imponía su autoridad en fotografía, montaje, vestuario, …). Así supera sus escasos medios haciendo que sus paupérrimos decorados (que provocan gran cantidad de contrapicados) impriman al film una cierta abstracción onírica; que su iluminación (a cargo del poco experimentado John L. Russell) cree una atmósfera de oscura pesadilla que evoca la torturada mente del protagonista; llevando la historia a su campo, añadiendo escenas y detalles de su propia invención, además de dar vida a un Macbeth sencillamente portentoso. Su fracaso en taquilla enterró aún más el prestigio de Welles en Hollywood, terminaría por exiliarse a Europa.

 

– Para los que quieran ver el lado positivo de la ‘teatralidad cinematográfica).

– Imprescindible para coleccionistas de las mejores adaptaciones de Shakespeare.

 

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